El directivo, la eficacia, el tiempo, y la gestión de la
conciencia
Acabo
de ver, en una revista para directivos, un reloj de 8 horas. Aparentemente,
la aguja horaria completa sus 360º en 8 horas, como para
avisar al usuario de que ya ha terminado el tiempo de trabajo.
No sé si los directivos de Recursos Humanos, a quienes
se ofrece gratis, lo usarán, pero sí creo que deberíamos
tomar conciencia —quizá todos, aunque aquí
me refiera a los directivos de grandes empresas— del tiempo
dedicado a nuestro trabajo. No digo necesariamente reducirlo,
ni ampliarlo; digo tomar conciencia: darnos cuenta del tiempo
que cada tarea nos ocupa, por si hubiera que introducir correcciones.
Les propongo que, mediante el control de la atención, sintonicemos
mejor nuestra eficacia, nuestro tiempo y nuestra conciencia.
El
tema del uso del tiempo es complejo y está muy debatido;
no obstante, creo que vale la pena abordarlo relacionando la eficacia
no sólo con el tiempo, sino también con la atención.
Hay diferentes demandas de tiempo y atención a las que
hemos de satisfacer: el compromiso profesional, la familia, la
vida social, las aficiones, las intenciones...; pero no cabe aplicar
fórmulas: el reparto más idóneo para un directivo
no lo es para otro. Lo que sí deberíamos hacer,
y no siempre hacemos, es respetar suficientemente nuestra dedicación
ideal: nuestras meditadas prioridades.
Siempre
me sorprendió que hubiera cursos para directivos sobre
la gestión del tiempo (a veces con regalo de agenda), y
no sobre la gestión de la atención y la conciencia.
Por una razón simple: yo mismo me disculpaba a veces diciendo
que no había tenido tiempo para hacer algo (quizá
una simple llamada telefónica) cuando lo que me había
faltado es voluntad y cierto deseable orden en la mente: algo
de negentropía que abriera espacios en la conciencia. No
es que optemos por la mentira al acudir a la falta de tiempo;
creo, más bien, que no profundizamos suficientemente en
nuestra complejidad de seres humanos. Es verdad que podemos estar
muy atareados y no tener apenas tiempo para asuntos que no sean
urgentes; pero parece más frecuente que sea la fatiga psíquica
o la entropía de la conciencia, y no tanto el tiempo, lo
que nos limite.
Uso
y consumo del tiempo
Sólo
tres o cuatro párrafos para hablar de esto. Al margen de
urgencias muy urgentes, tenemos tendencia a dedicar más
tiempo a aquello que nos gusta más, y menos o nada a aquello
que nos disgusta; hay ciertas cosas que tendríamos que
hacer, pero que diferimos siempre (procrastinación) aunque
dispongamos de tiempo: nos producen especial pereza difícil
de explicar. De modo que hay varios factores que determinan nuestro
uso habitual del tiempo: urgencia, importancia, disfrute con la
actividad, intereses particulares, recompensa, demandas de superiores
jerárquicos... Parece haber tendencia a hablar sólo
de urgencia e importancia, pero estos conceptos se ven salpicados
por los demás que, en la práctica, funcionan como
criterios para definir la urgencia y la importancia. Pero también
somos conscientes de haber perdido muchas horas que, sin saber
muy bien adónde han ido a parar, podrían haberse
sumado a nuestra eficacia o a nuestra felicidad: vaya par de objetivos.
Seguramente
hay actividades o asuntos en la vida a los que valdría
la pena dedicar más tiempo del que asignamos, pero, sobre
todo y centrándonos en el trabajo, son muchas las tareas
que, por razones diversas, consumen mayor dedicación de
la necesaria, o se abordan con prioridad equivocada. Cuando podemos,
los trabajadores estiramos ciertamente cada tarea más allá
de lo preciso, muy en sintonía con la ley que ya formuló
Parkinson hace más de 40 años; pero quizá
lo más grave, en el caso de los directivos de grandes y
medianas empresas, sea la asistencia a reuniones de dudosa necesidad,
que generan otras y otras... Al final, las decisiones ya no se
toman por consenso sino por cansancio. Parece que Peter Drucker
sostiene la idea de que uno puede trabajar o reunirse, pero que
no puede hacer ambas cosas: muy en la habitual línea crítica
del maestro de gurús.
Desde
fuera, uno puede pensar que los directivos, por dar la imagen
de muy atareados, acaban pareciendo adictos a los "Juegos
Reunidos"..., pero digamos también que hay reuniones
que sí son necesarias, y que se celebran con ejemplaridad.
Sin duda y en fin, todos podemos gestionar mejor nuestro tiempo
en beneficio propio y de la empresa, y, si alguna vez hacemos
perder el tiempo a otros, esto también es sin duda evitable.
No me extiendo en el uso del tiempo en busca de la eficacia, porque
ya habrán ustedes leído a Stephen Covey o a Hyrum
Smith. Me parecería más divertido hablar del uso
del tiempo libre, pero, en realidad, adonde quiero llegar es al
uso de la atención y la conciencia: a su mejor uso. Por
aquí nos acercaremos al criterio más idóneo
para fijar urgencias e importancias.
Gestión
de la atención y la conciencia
Déjenme
empezar muy desde el principio (o, según se mire, muy desde
el final). Si alguna vez, al final de nuestros días, escribiéramos
nuestras memorias, quizá veríamos que la vida era
lo que nos había estado pasando mientras nuestros pensamientos
o sentimientos apuntaban a otro sitio; pero el hecho es que en
cada momento somos todo lo felices y eficaces que nuestros pensamientos
y sentimientos nos permiten. Lo que tenemos en la conciencia,
su armonía o entropía, es lo que marca nuestro bienestar
o malestar; pero lo que en ella tenemos depende de adónde
dirijamos nuestra atención. Así las cosas, parece
que si gobernamos la atención, tenemos buena parte de la
batalla ganada, en lo que a eficacia y calidad de vida se refiere.
Los expertos sabrán disculpar la simplificación
fenomenológica.
Antes
del desarrollo de nuestra conciencia reflexiva, el ser humano,
como los demás seres, gozaba de una cierta tranquilidad,
"sólo" perturbada por el peligro, el dolor, el
hambre y el deseo sexual. Hay que decir que nuestro desarrollo
cerebral dio paso, quizá hace "apenas" varios
miles de años, a las formas de entropía psíquica
que hoy nos causan tanta desazón: la frustración,
la culpa, la soledad, la adversidad, la desconfianza, la envidia,
la indignación, las opciones, la vergüenza, el odio...
e incluso el amor. Esta evolución de la conciencia dio
también lugar a los roles y a las especializaciones, al
desarrollo de habilidades y, en definitiva, a la complejidad del
ser humano. Podría pensarse que la misma —la complejidad—
dificulta el logro de la felicidad, pero también ha generado
recursos para propiciarla y, en cualquier caso, no hay regresión
posible. Además, caramba, da más juego el ser complejos
que el ser simples.
Hay,
por tanto, que encontrar el medio de mitigar o neutralizar la
entropía psíquica. Parece que la forma de poner
orden —es decir, de crear armonía y abrir espacios
en la conciencia— pasa por establecer un fin, una gran meta,
un afán, un sentido, una dirección. Los psicólogos
hablan del "afán propio", o del "tema vital",
para referirse a lo que una persona desea hacer por encima de
todo, y a los medios que para ello emplea. En la literatura del
management se habla de designio particular, de purpose. Las personas
que poseen un afán de esta naturaleza pueden dar significado
a todo lo que les sucede: será positivo si les acerca a
su meta, o negativo si les aleja; para las personas que carecen
de un afán definido, resulta más difícil
interpretar los sucesos. Dicho de otro modo: "Cuando la energía
psíquica de una persona se pone al servicio de su tema
vital, la conciencia logra armonía". Así lo
dice el prestigioso profesor Mihaly Csikszentmihalyi: no se pierdan
Flow, o, en su caso, reléanlo.
Hemos
visto que la presencia de un purpose, tiende a reducir el desorden
de la conciencia porque orienta los esfuerzos; así es,
en efecto, salvo que el tema vital elegido (o, en alguna medida,
inducido) genere constante frustración. Sería mejor
hablar de temas vitales negentrópicos, es decir, de metas
alcanzables y saludables. Por ahí parece caminar la vocación
religiosa, pero también cabe hablar de la vocación
profesional, social o política. A la negentropía
conviene, en suma, el acceder a una actividad profesional que
desarrollemos con cierta estimulante autotelia, y no sólo
pensando en ganar dinero. A medida que pensáramos sobre
todo en esto último, no sólo peligraría,
en su caso, nuestra integridad, sino que retrocederíamos
en nuestro desarrollo.
Nos
lo dice Robert K. Cooper: "El designio es la brújula
interior de nuestra vida y nuestro trabajo". Si nuestro propósito
en la vida sintoniza, o convive en armonía, con los objetivos
y estrategias de nuestra empresa, estamos más cerca de
la eficacia y la satisfacción perseguidas. Para los directivos,
el purpose es fundamental, y, si no lo tienen muy definido, deberían
adoptar uno que entronque en la visión o misión
de la empresa a que contribuyen. Ya saben lo del médico:
según lo mire, su misión es recetar, o, más
eficaz y enriquecedoramente, contribuir a la calidad de vida (cosa
de la que son conscientes todos, y con la que son consecuentes
la mayoría).
Tener
un propósito en la vida, o concretamente en la vida profesional,
no impide atender a otros fines; por el contrario, el orden que
en la conciencia generan las intenciones, abre espacios disponibles
y nos hace más receptivos. Pero también es verdad
que las intenciones nos hacen más selectivos: no nos perdemos
en cosas inútiles o contrarias a nuestros objetivos. Resulta
muy fácil distinguir cuándo una persona está
orientada y sabe adónde se dirige, y esta decisión
resulta inexcusable en directivos. Ya se ve que, aun recurriendo
a la fenomenología, todo esto es complicado, y atrevida
su simplificación; pero, sin duda, un afán personal-profesional
nos hace distintos.
Hablemos
más de la atención. Hay personas que concentran
su atención, y hay otras que la dispersan; quizá
estas últimas carecen de grandes intenciones, de un designio,
de un propósito... También puede decirse que unas
personas tienen tendencia a fijar su atención en las cosas
positivas y otras en las negativas; que unas personas atienden
a detalles o matices que resultan inapreciables para otras; que
unas personas distinguen mejor entre lo importante y lo superfluo.
Recordemos siempre que la atención, especie de energía
psíquica, es un recurso limitado, y que, en la práctica,
también lo es por consiguiente la conciencia, a la que
aquélla da paso. O sea que... conviene utilizar bien la
atención.
Como
la atención determina lo que aparece en nuestra conciencia
—y así, los optimistas son más felices que
los pesimistas—, cabe pensar que la satisfacción
en el trabajo (hablamos de condiciones normales) depende también,
en alguna medida, de la propia persona y, concretamente, de cómo
maneja su atención y ordena su conciencia... Pero una digresión
parece aquí oportuna: en las empresas, las encuestas de
satisfacción de las personas abordan los factores exógenos,
y no los endógenos; de modo que habría que situar
principalmente en la Dirección la responsabilidad de sus
resultados, tanto si buenos como si malos. Lo digo porque fui
testigo, en una gran empresa, de cómo un directivo, para
estupor de la audiencia, trasladaba a los propios trabajadores
la responsabilidad por los malos resultados obtenidos en su área,
con incorporado reproche. Claro, en 30 años uno ha visto
cosas...
Voy
terminando
Habría
que seguir, pero démonos tiempo. ¿De qué
les he hablado aquí (después de leer a distintos
autores)? Pues básicamente del saboreo de la complejidad
del individuo; del crecimiento y desarrollo de la personalidad;
del autocontrol racional y emocional; del autoliderazgo... Necesitamos
orientar la atención para alcanzar el deseado desarrollo
personal, y éste nos facilita luego el control de aquélla,
como realimentación. Más o menos, la circularidad
de que nos habla Csikszentmihalyi en Flow. La madurez profesional,
si no consiste precisamente en el buen uso de nuestra atención,
trae consigo esta facultad. En buena medida, la diferencia entre
la personalidad de uno u otro viene dada por cómo manejamos
la atención. La misma actividad va necesitando menos atención
de nuestra parte, a medida que la repetimos. ¿Cuánto
tiempo pueden mantenerse pensando en lo mismo? ¿Y sin pensar
en nada? Si se atreven también con James o Wundt, adelante:
el tema es tan amplio como interesante.
En
la medida en que deseemos ser más eficaces y felices, quizá
habría que darle ciertamente más vueltas a todo
esto. ¿Y qué hacer luego? Probablemente decidiríamos
avanzar en nuestro desarrollo como directivos. Pero haciéndolo
desde el principio, desde la A en el camino a la Z:
Autonomía
en el puesto de trabajo.
Autoconocimiento y autocrítica.
Autocomprensión y reflexión.
Autocontrol y templanza.
Apuesta por la integridad y el bien común.
Afán propio en armonía con la empresa.
Actitud proactiva tras su consecución.
Actuación caracterizada por la profesionalidad.
No se trata de una lista improvisada o espontánea. Empiezo
por la autonomía, porque si hubiera otro directivo superior
que organizara su tiempo o su trabajo, poco podría Ud.
hacer; de hecho, nadie puede ser eficaz si se lo impide su jefe.
Sigo por el autoconocimiento y la autocomprensión porque,
bien resueltos, son negentropizantes; pero si se falla aquí
vamos a dar vueltas inútiles. El autocontrol, racional
y emocional, resulta vital para perseverar en la dirección
de nuestra brújula. En esta idea, la integridad nos sostiene,
y la corrupción, codiciosa o simplemente negligente, nos
desviaría. El afán o propósito no serviría
de nada sin el empeño y la proactividad. Y, a todo esto,
la eficacia pasa, caramba, por la profesionalidad, lo que significa
pericia y responsabilidad que nos hagan sentirnos satisfechos
de nosotros mismos.
La
lista se puede extender pero no era gratuita. Si uno ha aprobado
estas propedéuticas asignaturas, está en condiciones
de ser eficaz con su tiempo, con su condición y compromiso
de ser humano, y con su correspondiente capital intelectual y
emocional; pero si tiene alguna de ellas pendiente, debe empezar
por trabajar para el siguiente examen. Estas asignaturas son,
me parece a mí, anteriores a lo de "presentaciones
eficaces", "reuniones eficaces", "negociaciones
con éxito", etc. La eficacia y el éxito pasa
por cosas como las listadas, y sigue, en caso necesario, por el
desarrollo de competencias más específicas de índole
cognitiva, emocional y moral (conocimientos, habilidades técnicas,
fortalezas, destrezas sociales...) y, desde luego, por los esfuerzos
dedicados.
José
Enebral Fernández