Dirigir personajes: Estereotipos en la empresa
Los obstruccionistas
Los narcisistas
Los negativos
Los trepas
Los actores
Los holgazanes
Los parásitos
Los desleales
Otros estereotipos
Conclusión
Aunque asumamos el mandato o mantra de mejorar continuamente nuestro
perfectible perfil, obvia y quizá afortunadamente nunca
dejaremos de ser, por humanos, imperfectos: unas veces para bien,
y casi siempre para mal. Concretamente y en la empresa, quizá
nos aproximemos a ciertos estereotipos: individualistas, maquiavélicos,
whistleblowers, creativos, pleasers, trepas, queen bees, parásitos,
back stabbers, downers, narcisistas, obstruccionistas… No
todos los estereotipos esconden inteligencias perversas, pero
sí pueden demandar especial atención de los jefes
y, en general, de los entornos de trabajo. En alguna medida, todos
poseemos rasgos tipificados.
En realidad, cualquier persona con
rasgos exagerados de personalidad (incluso aunque sean positivos,
como la generosidad o la compasión) puede resultar problemática,
como también las personas con desajustes mentales (también
hay psicópatas y neuróticos en las organizaciones);
pero veamos brevemente algunos estereotipos, de entre los más
extendidos, tras los que hallamos personas difíciles to
work with. Quizá sean minoría, pero ante ellas hemos
de reaccionar convenientemente, para intentar neutralizar sus
efectos —y quizá aprovechar sus particularidades—
en beneficio de los resultados:
Los obstruccionistas
Algunos autores hablan de mediocridad
militante; se trata de personas que no hacen cosas grandes ni
dejan que otros las hagan: algo así como el perro del hortelano.
Hay obstruccionistas que se limitan a entorpecer la marcha de
las cosas incumpliendo sus compromisos y obligaciones, pero parecen
más peligrosos los referidos canes de la huerta, sobre
todo si tienen efectivamente poder para impedir que brillen los
brillantes y surja o emerja el talento.
El obstruccionismo, como otras formas
de entorpecimiento (awkwardism), constituye una vileza en el plano
personal, pero también supone un importante daño
para la organización, perpetrado por estas personas en
ilegítima defensa de sus intereses. Uno puede entorpecer
las tareas sin proponérselo, pero aquí nos referimos
a obstrucción deliberada, que ha de ser prevenida o destapada
por el jefe, con habilidad y aun sutileza. Si el obstruccionista
se sabe desenmascarado, vigilado, bajo sospecha, ya se le pone
muy difícil mantener su estrategia. Y si la obstrucción
viniera del jefe, el individuo afectado debe, al menos, llevar
memoria documentada de los hechos concretos, mientras intenta
librarse o liberarse del bloqueo.
Los narcisistas
El narcisista es una persona que
se sobrestima en muy visible medida y precisa ser admirado por
los demás, a los que considera inferiores y desprecia.
Fantasea sobre sus logros y méritos pasados y aun futuros,
muestra falta de empatía, se manifiesta de forma arrogante
y no tolera las críticas. El culto a sí mismo le
lleva a cuidar en extremo su aspecto e indumentaria. Hemos leído
que el narcisismo es la enfermedad de nuestro tiempo; desde luego
nos parece una enfermedad, y creemos que está demasiado
extendida en nuestros días.
Con su falsa imagen propia, ya se
ve lo peligroso que puede ser un narcisista en puestos directivos.
Llega a considerar que sus subordinados están a su servicio
en vez de al de la empresa, y su propio interés predomina
sobre la legitimidad. Piensa que las normas no están para
él y se las salta sin conciencia de culpa. Al redactar
estas líneas, uno recuerda algunas personas que encajaron
plenamente en este perfil: conocieron algún éxito
inicial, pero uno las recuerda más por la decadencia final.
Se diría que los narcisistas necesitan una cura de humildad
si tienen quien se la procure, pero, lo que sobre todo les falla,
es el autoconocimiento. El entorno de los narcisistas debería
poner más empeño en mostrales sus errores que en
adularles..., si se puede asumir el consiguiente riesgo.
Los negativos
En su empeño por ver, siempre
y únicamente, el lado oscuro de las cosas, los negativos
o downers, con su habitual catastrofismo, podrían socavar
los sentimientos edificantes de los demás. Bueno es analizar
siempre los pros y los contras, pero los negativos sólo
parecen ver inconvenientes y consecuencias no deseables. Puede
que haya que buscar la raíz de su pesimismo en alguna frustración,
pero es más rentable buscar la forma de eliminar o reducir
esta actitud, quizá mediante paciente diálogo socrático.
Parecería que la mejor reacción
posible sería desoírles, que sus mensajes nos entraran
por un oído y nos salieran por el otro; pero, mientras
nos quede paciencia, deberíamos evaluar sus argumentos.
No hay que descartar que acierten alguna vez en sus malos augurios.
Lo deseable es que todas las personas sean constructivas y positivas,
sin dejar de ver las dificultades y los inconvenientes. Parece
probado que se es más eficaz desde la expectativa de éxito
que desde el miedo al fracaso, pero la precaución —una
más amplia visión de la realidad— no está
de más, y muchas ideas desafortunadas se gestaron en ausencia
de alguien que fuera más sensible a los problemas que podían
aparecer y los previniera.
Los trepas
Ya sabemos que la atención
es un recurso limitado; simplificando, unos la concentran en la
tarea y hacen buenos trabajos, y otros la concentran en su lucimiento
personal en busca de promoción. Ciertamente, hay personas
que cultivan su imagen con especial cuidado y se relacionan con
gran habilidad, con el propósito prioritario de ascender.
Este es el fin, pero los medios son diversos y de diversa legitimidad.
Generalmente, el trepa no está solamente dispuesto a explotar
sus méritos sino también a atribuirse, sutil o descaradamente,
algunos ajenos.
Este alpinista laboral es calculador
y su talento podría ser útil a la organización;
pero cuando llega a su nivel de incompetencia, resulta obviamente
incapaz y utiliza su inteligencia para ocultarlo. No duda en eliminar
a quien pudiera hacerle sombra. Hay personas legítimamente
ambiciosas y competentes, pero el que llamamos "trepa"
busca el poder simplemente para tenerlo, o busca sencillamente
el dinero: no trepa para hacer nada grande en beneficio colectivo.
Lo dice el Pañchatantra y
es de sentido común: se puede sacrificar una persona por
un colectivo, pero no un colectivo por una persona. El trepa va
a lo suyo: antepone sus propios intereses a los del colectivo
y se vale de malas artes. Este tipo de actitudes acaba dando al
traste con la prosperidad de las empresas. Cuando esta actitud
está muy extendida por la organización, se puede
producir un estiramiento vertical de la misma que típicamente
acaba en rotura. A la Dirección corresponde distinguir,
sin equivocarse y atendiendo al bien común, a los trepas
de aquellas otras personas que son legítimamente ambiciosas,
capaces, y respetuosas con los méritos ajenos.
Los actores
Actúan. No se sabe si son
ellos mismos, o un actor que viene cada día a hacer su
papel. Son previsibles: se comportan como un directivo típico.
Avanzan rápido por los pasillos, no se detienen a tomar
un café fuera de su despacho, hablan bien pero evitan entrar
en materia. Parecen preocupados por que les descubran: son directivos
falsos. Aparentan estar ocupadísimos y tienen muchos papeles
en su mesa. Intentan ganarse a las personas, para evitar que les
descubran.
Ciertamente ya casi no quedan ejemplares
de este tipo; pero estamos, por ejemplo, ante el caso de directivos
que son contratadas por su larga lista de contactos, y que realmente
no terminan de integrarse en la organización, aunque supuestamente
ocupan un puesto en la misma e incluso tienen colaboradores asignados.
Las empresas deberían resolver la relación profesional
de una manera más acorde a la realidad en vez de inventar
puestos directivos vacíos de contenido; entre otras razones
porque la situación no escapa a los ojos de la plantilla.
Los holgazanes
Sí, hay todavía, en
grandes organizaciones, algunos individuos que dan poco golpe
y procuran vivir lo mejor posible. Parece que han renunciado al
éxito o al reconocimiento y se quedan con la tranquilidad
y la comodidad. Algunos holgazanes (lazybones) procuran camuflarse
en equipos de trabajo y ocultarse tras el rendimiento colectivo;
obviamente, pronto son identificados por sus compañeros,
aunque para los jefes no siempre parecen constituir una prioridad.
Uno es partidario de pensar que,
en la empresa, el holgazán no nace sino que se hace, es
decir, que se trata de una actitud reactiva; pero quizá
no esté tan claro. Desde luego, las organizaciones no deberían
permitir —y no suelen hacerlo— actitudes tan visibles
e indeseables como éstas, al margen de que, además,
puedan resultar autodestructivas para el propio individuo, y aun
contagiosas. Los jefes han de optar por redimir, si es posible
—a menudo lo es—, a estas personas o abrir un proceso
de exclusión. No creemos que se trate de las personas más
dañinas para las organizaciones, pero el bajo rendimiento,
visible o no tanto, debe ser analizado y combatido; casi siempre
puede venir bien un cambio de entorno o responsabilidad, con voluntad
de solución.
Los parásitos
Hay ciertamente algunos detalles
que los distinguen de los holgazanes; los parásitos o anopluros
no renuncian al reconocimiento: tratan de atribuirse esfuerzos
ajenos y salir en la foto. Procuran incluso que los demás
les hagan el trabajo, aprovechando los postulados de colaboración
y trabajo en equipo, o mediante la adulación. Se ponen
en medio donde no hacen falta intermediarios. Suelen tener visibles
habilidades interpersonales, pero las aprovechan en su beneficio.
Son, en efecto, más ambiciosos
que los lazybones; de hecho, el parasitismo se daba con alguna
frecuencia en mandos intermedios asentados en el cargo, cuando
su presencia en las empresas era mayor. Ahora las organizaciones
son más planas e higiénicas, y el perfil de los
directivos intermedios está cambiando sensiblemente; pero
parece cierto que algunos vivían muy bien, luciendo como
propio el esfuerzo de sus subordinados. Empero, el parasitismo
no se ha erradicado todavía del todo, y además hay
incluso directivos que deciden colocarse un parásito a
su servicio (en tranquila convivencia), simplemente para que los
aísle del personal de a pie.
Los desleales
Hay también deslealtad a la
organización, pero hablamos aquí de puñaladas
por la espalda: de los back stabbers. Algunos trabajadores o directivos
caen en la insolidaridad, el egoísmo o la envidia, y eso
les puede llevar a la más o menos sutil práctica
de la humillación y la maledicencia. No todos los cínicos
son back stabbers, pero estos sí hacen gala de cierto cinismo
al referirse a sus víctimas ante los demás, o al
manifestarse ante ellas.
Entre terceros puede haber personas
que identifiquen y desenmascaren al malhechor, pero también
se dan actitudes de inhibición y complicidad: ya se sabe
que nuestros méritos crecen cuando disminuyen los de los
demás. De modo que la víctima ha de detectar estas
maniobras y preparar su alegación para cuando, privada
y serenamente, se enfrente a su verdugo mirándole a los
ojos. En este diálogo, la victoria está más
cerca de quien tenga la conciencia tranquila y sólo se
podría escapar por defectos argumentales.
Los jefes han de propiciar un clima
de legítima lealtad, tanto hacia la organización
como hacia los compañeros, sin confundir la lealtad con
la complicidad. Si los propios jefes fueran desleales con sus
colaboradores, quizá para mostrarse imprescindibles ante
la Dirección, estarían sembrando la deslealtad como
norma de conducta.
Otros estereotipos
Pero hay ciertamente otros estereotipos
en las empresas; creemos que los siguientes no son tan perniciosos
como los anteriores. Diríamos incluso que algunos son necesarios;
ya verán:
Los pleasers
Si cabe censurar el "defecto"
en la satisfacción de nuestros clientes internos y externos,
también puede decirse que el "exceso" es, cuando
menos, llamativo. Es visto con reservas por los compañeros,
cuando el pleaser presenta un comportamiento de cierto servilismo
y adulación ante el jefe. En principio, parece que todos
debemos atender a las demandas legítimas de nuestro entorno,
pero relacionándonos profesionalmente y respetando la dignidad
propia como la ajena.
En sus consecuencias, no es éste
un comportamiento marcadamente negativo; si acaso, puede ser sospechoso
de esconder deficiencias del desempeño, de perseguir mayores
privilegios del jefe, de eludir responsabilidades o de introducir
desequilibrios en las lealtades debidas. Si el pleaser o "pelota"
ocultara alguna espuria pretensión, él solo llegará
a la conclusión de que equivoca el camino. Aunque la actitud
de servicio y la buena disposición son valores positivos,
los jefes no deberían propiciar estas actitudes, sino aquellas
otras más profesionales de asunción del protagonismo
y la responsabilidad individuales.
Los individualistas
En tiempos en que tan rabiosamente
se ha venido predicando el trabajo en equipo, los individualistas
parecen, más que nunca, bichos raros; pero pueden ser altamente
resolutivos y llegar a soluciones o resultados con una creatividad
y eficiencia superior a la presumible. Ya se entenderá
que ser individualista no supone necesariamente ser egoísta,
ni preocuparse excesivamente por el ego; el individualista suele
ser identificado así porque desea trabajar solo y quizá
seguir normas propias. A menudo es especialmente talentoso en
alguna actividad específica.
Este es el hombre (o mujer) ideal
para determinadas tareas, e incluso, cuando ha de ejercer de teammate,
su contribución puede ser positiva si no se amenaza su
cota de aislamiento o individualidad. El simple hecho de que el
individualista tome conciencia de que lo es, facilita la modulación
de su comportamiento. Por otra parte, la fiebre del trabajo en
equipo parece haber pasado; lo que sí queda es la conciencia
de que se ha de contribuir a los resultados colectivos y de que
hay cosas que no podemos hacer solos. Los jefes lo son de personas,
cada una distinta de otra, e incluso distinta de sí misma
en diferentes momentos.
Los políticamente correctos
Pues sí; hay, en las organizaciones,
personas que se caracterizan muy visiblemente por no mojarse nunca,
por evitar pronunciarse con claridad, por no tomar partido. Estas
personas respetan el statu quo y no se enfrentan al poder: sería
políticamente incorrecto. Suelen tener siempre una respuesta
diplomática y tomar siempre una posición segura.
Tampoco es que esta actitud resulte especialmente negativa para
la organización, pero no resulta positiva; es eso: neutra
o... neutral. Los políticamente correctos no generan enemigos,
pero al final sus más próximos los identifican y,
en cierto modo, deciden pasar de sus opiniones.
No hace falta aclarar que la corrección
política es independiente del politiqueo, aunque puedan
coincidir en algún caso. Pero sí nos parece encontrar
correlación entre aquella y la falta de seguridad en uno
mismo; también quizá con alguna dosis de pusilanimidad.
Por el contrario, los políticamente incorrectos —quizá
identificados como críticos— corren riesgos, más
o menos conscientemente.
Los maquiavélicos
Astutos y profundamente calculadores
ellos, lo deseable es que pongan sus cavilaciones al servicio
de la empresa y no al suyo propio. La astucia o la inteligencia,
como el poder o la autoridad, son buenas herramientas de contribución
a los resultados si se administran bien; pero en la actuación
maquiavélica hay una cierta malicia que no siempre conduce
a buen fin. En su expresión más elemental, estamos
ante esos jefes que nos invitan a café, nos preguntan por
nuestros hijos y... finalmente salimos del despacho con un montón
de marrones. O ante esos subordinados que nos recuerdan a la galga
de Lucas (la que se ponía a orinar cuando salía
la liebre). Pero hay, sin duda, prácticas mucho más
complejas y retorcidas, que merecen sobradamente el calificativo
de maquiavélicas, y aun sobrepasan con mucho al propio
Maquiavelo.
Los maquiavélicos generan
grandes prevenciones entre quienes les han descubierto (aunque
a veces se tarda en identificarlos); pero su visión panorámica,
su anticipación a los acontecimientos, incluso su frecuente
intuición, podrían generar muy positivos frutos,
puestos al servicio de la causa.
Los creativos
Aunque los creativos puedan constituir
una pesadilla para sus jefes, la creatividad es un valor al alza.
En el pasado, la iniciativa y la creatividad de los trabajadores
eran frecuentemente sofocadas, pero ahora, aunque a veces con
la boca pequeña, se postulan. En la empresa —nos
lo dice Mitchell Ditkoff—, las personas creativas investigan
continuamente nuevas posibilidades, concilian la intuición
y el análisis, se concentran en retos y problemas, perseveran,
se automotivan…, pero suelen cuestionar el statu quo y eso,
entre otras causas, les sitúa bajo sospecha.
El profesor Csikszentmihalyi sostiene
que los creativos son individuos de personalidad compleja, presentando
opuestos rasgos de personalidad en diferentes momentos. Este prestigioso
psicólogo americano, de origen húngaro, habla de
los creativos como individuos a la vez, y según el caso,
agudos e ingenuos, extravertidos e introvertidos, humildes y orgullosos,
agresivos y protectores, realistas y fantasiosos, rebeldes y conservadores,
enérgicos y pausados, integrados y diferenciados... Son
personas que, en sus reflexiones cotidianas, no sólo se
preguntan el qué y el cómo: también se preguntan
por qué, incluso varias veces. No hace falta decir que
ser creativo es algo más que ser talentoso, brillante o
ingenioso. Desde luego, dirigir personas creativas requiere habilidad
o paciencia, pero seguramente vale la pena.
Los líderes
Los directivos y mandos parecen haberse
apropiado este calificativo, pero obviamente ni todos ellos lo
son, ni todos los líderes ocupan puestos de gestión
(a veces porque no quieren). No sabríamos decir si el liderazgo
es genético o extragenético, pero se manifiesta
pronto como rasgo social de personalidad. Los líderes constituyen
una guía para los demás, consecuencia de su iniciativa
y capacidad de aunar o alinear voluntades. No hace falta añadir
que un líder lo es porque tiene seguidores, así
como un jefe lo es porque tiene subordinados. Desde luego, cabe
la figura del jefe-líder, que es la que vienen intentando
implantar las empresas, especialmente desde los primeros años
90.
Cuando, en un equipo de trabajo,
hay algún líder distinto del jefe, éste debe
extremar sus habilidades sociales; pero no caber ocultar que pueden
surgir problemas. Dirigir a líderes viene a constituir
un reto y, por otra parte, los jefes pueden ser también
tocados por la envidia; especialmente si el liderazgo de alguno
de sus subordinados no es sólo social, sino que se basa
asimismo en su nivel de conocimientos, o en su destreza profesional.
Si es cierto que las empresas deben cuidar más la satisfacción
de sus personas, nos parece que, si cabe, a los líderes
hay que cuidarlos más (en todos los sentidos).
Los críticos
Tienen mala imagen, pero a menudo
se echa de menos la función crítica o autocrítica
en las empresas. Aun formulada con rigor y mesura, la crítica
ha sido tradicionalmente mal recibida dentro de las organizaciones
y sólo muy recientemente se viene impulsando, por ejemplo,
el feedback ascendente, y señalando también la necesidad
del autoconocimiento y el reconocimiento de los propios errores,
como una positiva cualidad de los líderes. Hoy parece recomendable
que la organización establezca canales de comunicación
por los que encauzar las opiniones críticas, y que promueva
el feedback multifuente en su justa dimensión. Y todos
debemos ser más receptivos a los mensajes constructivos
bien formulados.
Hay quien parece feliz cuando encuentra
un error ajeno, pero la criticidad compulsiva resulta rechazable;
lo que sí cabe postular es la fluida comunicación
entre las personas dentro de las empresas, con actitudes edificantes,
alertadoras, enriquecedoras, preventivas y previsoras. Sabemos
de grandes líderes empresariales que promueven muy decididamente
la crítica dentro de sus organizaciones: es una forma de
acceder a información que, quizá de otro modo, nos
les llegaría.
Los miméticos
No sabemos bien cómo denominarlos,
pero hay personas que parecen encajar en muy diversas funciones,
sin desentonar. Quizá ahí esté la clave:
"parecen" encajar. No me siento orgulloso del profazamiento,
pero una vez sostuve de un directivo que no me parecía
él, sino un actor que venía cada día a hacer
su papel. Ya Sócrates decía: "Esfuérzate
en ser lo que deseas parecer"; pero hay personas que parecen
ir de paso por diferentes puestos, aparentando (culto a la imagen)
un buen desempeño pero sin esperarse a que los resultados
lo refrenden. Un periodo prolongado les delataría; varios
años ejerciendo el papel de director comercial sin vender
lo suficiente, levantaría sospechas. Su habilidad es aparentar.
Es verdad que, en la empresa, casi
todos intentamos aparentar ser mejores de lo que somos, o al menos
intentamos lucir nuestras habilidades; pero los que denominamos
miméticos no se plantean contribuir a la colectividad sino
sólo aparentar la contribución. Intentan mostrar
que el paisaje los necesita, pero son ellos los que necesitan
del paisaje. El mimetismo me parece una perversión de la
postulada polivalencia.
Los Pepito Grillo
Parece que los anglohablantes los
llaman whistleblowers. Pueden ser tan molestos como los críticos,
pero también es saludable su presencia si no se llega al
exceso. De perfil ético, estos individuos suelen llamar
a las cosas por su nombre, se atreven a disentir, se solidarizan
con las víctimas de injusticias, son coherentes e íntegros,
formulan preguntas incómodas a sus mandos, denuncian situaciones
indignas… Iñaki Piñuel nos advierte que este
tipo de personas corre especial riesgo de padecer mobbing. Los
Pepito Grillo hacen algo más que criticar: reflexionan,
meditan, analizan, prevén... y formulan serenamente sus
pensamientos.
Creemos que las organizaciones de
cierto tamaño, en beneficio de su salud, necesitan estas
personas como necesitan, por ejemplo, representantes sindicales.
O, por lo menos, diríamos que su ausencia favorece el enviciamiento
de las costumbres. Los Pepito Grillo forman parte de la "conciencia"
de la organización.
Conclusión
Cada vez se consideran más
separadamente los conocimientos, las habilidades, las actitudes,
los valores y las personalidades de los individuos, tanto en los
procesos de selección como en la planificación de
las trayectorias profesionales y en el cotidiano ejercicio del
management; pero todavía puede decirse que hay a menudo
una buena porción de particularidades desaprovechadas por
causas muy diversas, y que surgen también conductas en
las organizaciones, aparte de la corrupción, a las que
se ha de prestar mayor atención.
La postulada alineación de
los esfuerzos en beneficio de la eficiencia de las organizaciones,
abarca también al necesario ajuste fino en la atención
a los rasgos diferenciales de los individuos. Aquí hemos
abordado una muestra: lo justo para desarrollar esta pequeña
reflexión. Hasta donde sea posible, dejemos crear al creativo,
criticar al crítico, liderar al líder, trabajar
al currante… y neutralicemos asimismo las indeseables conductas
desleales, catastrofistas, hostigadoras, obstruccionistas o trepadoras.
No cabe duda de que los pecados capitales también llegan
al entorno laboral, pero, por la misma razón, caben numerosas
virtudes, todas muy cardinales, y éstas sí han de
cultivarse más.
José Enebral Fernández