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Durante el siglo XVI, la población de Castilla experimentó un crecimiento del 50%, con lo que se hizo necesario ampliar las zonas de cultivo. La colonización del continente americano contribuyó también a aumentar la demanda de productos agrarios.
La expansión de la producción agraria se produjo como consecuencia de la ampliación de la superficie cultivada y no de una mejora de las técnicas, en parte roturando tierras baldías. Se denominaban baldíos los terrenos pertenecientes a la Corona que no habían sido asignados por concesión real y que, por tanto, estaban disponibles para la utilización pública.

La demanda de tierras cultivables y las necesidades de la Hacienda real provocaron la venta de una gran superficie de tierras baldías. Estos baldíos no fueron comprados tan sólo por miembros de la nobleza: un gran número de pequeños campesinos adquirió pequeñas parcelas, para lo cual, en muchos casos, hubieron de recurrir al endeudamiento hipotecando sus propiedades. Algunos, incapaces de hacer frente a sus compromisos de pago, acabaron perdiendo sus pequeñas haciendas.

En cuanto a algunos cambios técnicos, cabe destacar la sustitución de los bueyes por mulas como animales de tiro. Tenía como ventajas que permitía arar el doble de superficie que un buey, podía ser utilizada en huertos y viñedos, realizaban más rápidamente que los bueyes los desplazamientos desde las aldeas a los campos de cultivo (aspecto de gran importancia ya que en el siglo XVI se hubieron de poner en cultivo tierras a menudo bastante alejadas de los núcleos de población). En cuanto a inconvenientes se puede citar que no hacían unos surcos tan profundos como los bueyes y necesitaban alimentarse de granos, con lo que consumían parte de la cosecha, a diferencia de los bueyes que se alimentaban de los pastos de las dehesas boyales.

El incremento dela producción agraria se prolongó, según las regiones, hasta 1580 a 1620. El fin de esta expansión fue consecuencia de una serie de factores:

a) Política de control de precios implantada por la Corona: Tanto la llegada de grandes cantidades de oro y plata procedentes de América como el incremento de la demanda, debido al crecimiento de la población provocaron una fuerte subida de precios a lo largo del XVI. El encarecimiento de los alimentos provocó fuertes protestas por parte de las ciudades.
Carlos V, en 1539, reinstauró la tasa de los cereales. De esta forma quedaron establecidos unos precios máximos de venta que se mantuvieron fijos hasta 1558, en que Felipe II los aumentó para compensar la inflación. Esta medida resultó perjudicial. El problema radicó en que se tasaban los precios de venta del cereal, pero no se tasaban de igual manera los precios de los aperos, mano de obra, animales de tiro, etc.

De todas formas, los efectos de esta tasa sobre los productores quedó atenuada por el elevado incumplimiento de la tasa


b) Disminución de los rendimientos: A lo largo del siglo XVI los rendimientos fueron disminuyendo, debido entre otros motivos a la utilización de tierras marginales, empleo de arados ligeros que no permitían trazar surcos profundos, y disminución de las disponibilidades de abono debido al descenso de la cabaña ganadera sacrificada a los intereses de la agricultura.

c) Endeudamiento de los campesinos: Las buenas perspectivas proporcionadas por el aumento de la demanda y la elevación de los precios agrarios fomentó la inversión (compra de tierras baldías, adquisición de aperos) para beneficiarse de la expansión agraria del XVI. Para ello hubieron de recurrir al crédito, en muchos casos hipotecando sus pequeñas propiedades.
A partir de 1580 la cosas empezaron a cambiar: se inicia una serie de malas cosechas y los campesinos no pueden hacer frente a los pagos acordados, por lo que los acreedores comenzaron a ejecutar las hipotecas que pesaban sobre los campesinos.

d) Incremento de la presión fiscal: La incapacidad de la Hacienda real para acoplar sus gastos a sus ingresos produjo un fuerte incremento de la presión fiscal a lo largo del siglo. A fines del siglo aparecieron nuevos impuestos como el “servicio de los millones” (impuesto extraordinario, cuyo importe era proporcional al número de pobladores e importancia de las haciendas de cada territorio).
La expansión de área cultivada fue en detrimento de las superficies dedicadas a pastos. Esto provocó fuertes reacciones entre los ganaderos propietarios de ganados trashumantes pertenecientes a la Mesta.

 

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