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La España “ilustrada” de la
segunda mitad del siglo XVIII, que buscaba los remedios a los males
económicos y el progreso de la sociedad, se oponía
a la amortización de la propiedad, que impedía su
libre circulación y consideraban era la causante de la despoblación,
el empobrecimiento del Estado y el atraso y la decadencia de la
agricultura y el comercio. A tan radicales cambios se oponía
una tradición histórica, las opiniones de teólogos
y el pensamiento de los Papas.
Argumentos en contra de la amortización
La doctrina económica se percató de que para lograr
el fomento que se perseguía era necesario dar a la propiedad
una movilidad que hasta el momento no poseía y que acarreaba
profundos males (falta de interés en aplicar el capital necesario,
apatía para aumentar la producción y, sobre todo,
la poca subdivisión de la propiedad). En pos de este objetivo
se vertirán innumerables escritos pidiendo la desvinculación
de la propiedad.
Crecimiento demográfico y escasez de tierras en el siglo
XVIII
El notable incremento de la población en el transcurso
de todo el siglo XVIII constituyó un indudable factor estimulante
de demanda de productos agrícolas que a la vez generaba un
incremento de la renta de la tierra. Los terratenientes vieron aumentados
sus ingresos por la elevación de los precios de los productos
y por el incremento de las percepciones, consecuencia de la mayor
extensión de las superficies cultivadas.
Así, se agudizan las tensiones entre propietarios y colonos
y se denuncia abierta e intensamente las estructuras tradicionales
de la propiedad y se pida con insistencia la aparición de
una “ley” agraria.
A pesar de las intensas crisis agrarias y la desastrosa situación
de la Hacienda española, ni se promulgó una Ley agraria
que armonizase los intereses de los propietarios y arrendatarios
ni se alteró básicamente la estructura de la propiedad.
Numerosas publicaciones trataron el problema desde comienzos de
siglo, entre las que sobresalió un informe de Melchor de
Macanaz, El informe de la Ley Agraria, de Jovellanos, y el Tratado
de la regalía de amortización, de Campomanes.
Jovellanos, el gran representante de la España ilustrada,
analizó agudamente todos los males que afectaban a la agricultura
e intenta aplicar y transplantar a España las ideas de la
escuela fisiócrata francesa de Quesnay y Turgot y las del
naciente liberalismo inglés. El abandono general de la agricultura
que se manifestaba en el campo, y que quedaba perfectamente reflejado
en las condiciones de vida de los colonos, se debía en gran
medida a la libre amortización de la propiedad, que la privaba
de la libre circulación.
Era necesario introducir movilidad. La tierra estaba repartida entre
cinco tipos o clases de propietarios:
• Corona
• Iglesia (clero regular y secular)
• pueblos (sobre todo bienes de propios y comunes)
• propietarios particulares con tierras vinculadas
• propietarios particulares con tierras sin vincular: sólo
la tierra de éstos disponía de movilidad.
Campomanes, en su Tratado de la regalía de amortización,
pretendió demostrar la competencia del monarca para limitar
la facultad de adquirir de las manos muertas (Iglesia) y la necesidad
de que hiciera uso de esta prerrogativa, porque la propiedad amortizada
iba en detrimento de la riqueza de los seglares, contribuía
a la disminución de la población, perjudicaba al clero
en su disciplina, fomentando el lujo y la codicia, y finalmente
al Estado en su Hacienda.
El Despotismo Ilustrado persigue el “fomento” tanto
de la economía como de la cultura en general. Al frente de
dicho movimiento estaba, en primer término, el monarca, máximo
representante del Despotismo Ilustrado, doctrina que declaraba al
soberano “servidor del pueblo”.
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