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Durante el reinado de Carlos II (1665-1700) tendrían lugar otros años de gran dificultad, de 1678 a 1683, con pestes y malas cosechas, que afectaron sobre todo al sur de la Península; aunque durante estos años se sentaron las bases para reestructurar la vida económica, como la creación de la Junta de Comercio, citada anteriormente, y se quiere incorporar en España una serie de reformas encaminadas a lograr lo que se había conseguido con brillantez y de forma rápida en Francia e Inglaterra, con las decididas políticas de Cromwell y de Colbert.
Desde el comienzo del reinado de Carlos II no se crean nuevos tributos ni se elevan los tipos de los innumerables existentes. El hecho de que no convoquen las Cortes a partir de 1665 no genera protesta alguna. La apatía es general. No se dan innovaciones tributarias y para hacerse con recursos se acudió de nuevo a la venta de patrimonios, mercedes y empleos.

La presión fiscal difícilmente se podía aumentar y por ello había que optar entre el sistema de arriendo o el de encabezamiento. A través del sistema de arriendo se trataba muy duramente a los contribuyentes, ya que los arrendadores – muchas veces judíos conversos de procedencia portuguesa – procuraban obtener cantidades muy superiores a las que entregaban a Hacienda. A través del sistema de encabezamiento, los pueblos se encabezaban, comprometiéndose a pagar un tanto por cada uno de los impuestos y ellos mismos se encargaban de la recaudación.

Las desigualdades de hecho eran acusadas. Había municipios en que los ingresos procedentes de los bienes propios eran suficientes para atender a la mayoría de los pagos de la Hacienda. En otros, la carga fiscal era enorme. Un contemporáneo de la época escribía a finales de siglo, con un tono entre irónico y despreciativo que: “... ni los vasallos saben lo que deben pagar, siendo constante verdad que de todo lo que cobran las excusadas legiones de ministros y arrendadores de su manejo, no llega a percibir V.M. ni sus legítimos acreedores la sexta parte de ello, quedándose todo lo demás entre conservadores que triunfan, arrendadores que gastan, ayuntamientos que disipan, tesoreros que enriquecen, guardas que usurpan, comisionarios que chupan y otros que desangran...”.

Una Real Cédula de 1674 con la que se pretendía corregir la suntuosidad, quedando prohibida la importación de telas con mezcla de oro, plata y seda, brocados, etc. Los solteros sólo podían tener dos lacayos, y los casados, cuatro;

En 1679 se constituyó la Junta de Comercio, que reglamentó con ciertos aspectos de la orientación económica, especialmente la industrial, las manipulaciones monetarias continuaron.
Se produce una deflación enorme que tenía que afectar muy seriamente la vida económica del país. En cuanto a los juros, a veces no se les pagaban intereses, por no disponer de numerario, y se entregaban por tal concepto más juros. La historia de los juros es compleja y sigue una pendiente de incumplimiento progresivo por parte de la Hacienda a medida que avanza el siglo.
En 1686 se devaluó la plata en un 25%. Deflación que completó las medidas adoptadas unos años antes y que fue la última medida monetaria importante del siglo XVII. Un memorial de 1687 indica que de tal suerte todo se ha apuntado tanto “que no hay qué vender, ni qué empeñar”.
Se acudió, como muchas veces, a incautarse de partidas de galeones que llegaban de las Indias. Se llegó a rebajar los sueldos de los funcionarios en una tercera parte.
La última bancarrota real tendría lugar el año 1694, en que se decretaba una suspensión de consignaciones a los banqueros. La situación económica no se recupera y todavía en el último año del siglo se tiene que imponer una tasa de granos, debido a las malas cosechas.

Los últimos años del reinado de Carlos II se hallan totalmente dominados por la posible sucesión de este monarca.

Frente a estos problemas de Castilla, que proporcionan un panorama pobre y desalentador, de una ruina enorme que sobresale de forma particular comparándola con la situación que gozaba unas generaciones anteriores, la periferia, donde se hallaba el germen más sólido del desarrollo económico de la Península, va despertando. Valencia se rehace del golpe sufrido con la expulsión de los moriscos. En el País Vasco parece que se introduce con rapidez un nuevo espíritu de empresa que fomentaría el desarrollo económico. En Cataluña, a pesar de las guerras que sufre, que asolaron repetidas veces sus campos y sus ciudades, las agricultura se renueva, la industria procuró obtener productos textiles a costes competitivos.

 

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