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En los condados catalanes la reactivación agraria de los siglos X y XI se manifiesta en la creación de industrias que, en principio, servirán para atender a las necesidades locales y que a partir del XIII suministran los productos para un activo comercio que, seguramente se inicia a finales del XI según atestiguan los Usatges. La prosperidad económica se manifiesta en la difusión de los mercados y en la aparición de gran nº de artesanos cuyas profesiones indican los documentos de fines del X.
En el XII se mencionan talleres textiles, de curtido, de forja y carpintería en ciudades como Barcelona, Gerona, Urgell, Montblanc, Vic y Lleida. En el XIII aparecen los primeros gremios que agrupan y organizan a estos artesanos.
La industria textil fue la más importante y son conocidos los paños de Barcelona, Lleida, Valencia, Perpiñán y Montpellier. Junto a esta industria destaca la elaboración de joyas, el trabajo del coral, de productos de forjas pirenaicas, fabricación de papel, etc. Al lado de las actividades industriales o artesanales se desarrollan las comerciales, facilitadas por la proximidad del Mediterráneo y por la pacificación de los condados desde ½ del XI.
La importancia de los mercaderes radica en el hecho de que sufragan en parte, mediante préstamos, la conquista de Tortosa en el XII, del mismo modo que financian en el XIII la ocupación de Mallorca.
Cuando se habla del comercio de la corona de Aragón, los historiadores aluden sólo al comercio catalán a larga distancia, al que tiene como origen o destino en N de África, Siria, Grecia o Europa.
Al lado de este comercio internacional existe un comercio interno menos brillante, pero también importante en lugares representativos de todos los territorios de la corona. Uno de los más representativos es el peaje de Barcelona de 1222 en el que figuran más de 100 productos y especias importadas de Oriente. El arancel de 1271 contiene las ordenanzas dadas por los consellers de Barcelona para fijar las cantidades que debían cobrar los corredores o intermediarios en las ventas y evitar fraudes.
En los aranceles de Valencia (1243 y 1271) se hallan exentos de peaje y de hospedaje los naturales y vecinos de la ciudad.
La más antigua de las lezdas o peajes es la que regula el tráfico por el Ebro, que data de la época de Alfonso el Casto (1162-1196) y se conserva en una confirmación de Jaime I.
La proyección exterior de los mercaderes barceloneses, catalanes, valencianos y mallorquines no habría sido posible sin una organización que coordina sus actividades tanto en las ciudades como en el exterior. La 1ª organización de los mercaderes la hallamos en las Ordenanzas de la Ribera de Barcelona de 1258 en las que se defienden los derechos y obligaciones de marinos y mercaderes. Su redacción fue obra de los mercaderes y un delegado del monarca y recoge las siguientes disposiciones:
Establece que el capitán y los marineros “no abandonarán la nave hasta que todas las mercancías hayan sido bajadas a tierra”.
Obligación de que en cada nave haya un escribano que levantara acta de cuanto ocurra en presencia del señor de la nave y de los dueños o mercaderes de las mercancías.
Se refiere al servicio de vigilancia.
Se refiere a la solidaridad y ayuda que deben prestar las naves en caso de apura.
Se regula el nivel de carga.
La última ordenanza crea la figura de los cónsules en el exterior. En 1266 esta figura se concreta aún más y su nombramiento queda en manos del Consell de Barcelona al que el monarca autoriza a nombrar cada año cónsules en las naves y leños que navegan hacia ultramar.
Estas ordenanzas se ocupan ante todo de las relaciones entre marinos y mercaderes. En cuanto a sus relaciones, Pedro el Grande en 1270 autoriza a elegir 2 jueces encargados de solucionar las dificultades que surgieran entre ellos. El documento tiene carácter temporal, pero en la práctica se mantiene con carácter perpetuo la autorización a los mercaderes y negociantes a elegir 2 mercaderes que administren y hagan lo necesario para la utilidad común de todos y cada uno de ellos.
Las primeras disposiciones relativas a la navegación y a los navegantes proceden de Pisa y están fechadas en 1161. Las Ordenanzas de la Ribera no serían más que la aplicación de este derecho marítimo mediterráneo al caso de Barcelona. Entre 1260 y 1270 se procede a una nueva redacción de las Ordenanzas, conocidas ahora como Libro del Consulado, que serviría de pauta al Consulado de Valencia de 1283. Pedro el Ceremonioso extenderá esta nueva forma legal a Mallorca, Tortosa y Gerona.
Los primeros capítulos del Llibre se refieren a la construcción y reparación de naves y regulan minuciosamente los derechos y obligaciones de los accionistas interesados en la empresa cuando la nave no es propiedad de una sola persona; otros temas tratados: las obligaciones del patrón y de los marineros, las condiciones de los fletes, etc.
La propiedad compartida supone la existencia de sociedades comerciales entre las que tienen un gran desarrollo en el mundo catalán las comanditarias. Este tipo de sociedad “en comandita” se concierta por un plazo determinado, para un viaje concreto.
Una gran parte de los artículos procede del comercio exterior que se halla estrechamente relacionado con la expansión política.
Los historiadores catalanes e italianos han hecho de la expansión mediterránea un asunto puramente catalán y, aunque la iniciativa es de ellos, no hay que olvidar que sin la unión de aragoneses y catalanes en 1137 la política expansiva habría sido mucho más difícil. Entre las causas que se han buscado a esta expansión se ha dado un lugar preferente a las económica, hasta el punto de afirmarse que la política expansiva no fue obra de la monarquía, sino de los burgueses. Cataluña en general y Barcelona en particular, enriquecidas por el desarrollo agrícola, por el comercio de esclavos y por el tráfico del oro musulmán, disponían ya en el XII de una marina dedicada al comercio y al corso, actividades que se veían perjudicadas frecuentemente por los piratas musulmanes de Almería, Baleares y Tortosa.
La conquista de estas plazas en el XII por Alfonso VII de Castilla, Ramón Berenguer III y Ramón Berenguer IV de Barcelona contarán con el apoyo de barceloneses, pisanos y genoveses interesados en mantener activos el comercio y la navegación mediterráneos. Algo parecido podría decirse al hablar de la ocupación de Mallorca, Valencia, Sicilia o en los intentos de Jaime II de ocupar Almería para facilitar el comercio o evitar las trabas puestas en las rutas comerciales por los corsarios-mercaderes musulmanes.



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