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Las relaciones entre cristianos y musulmanes cambian de signo en los años iniciales del XI cuando los musulmanes piden ayuda cristiana para enfrentarse a sus enemigos de Al-Ándalus y pagan estos servicios con la entrega de fortalezas o parias entregadas a los reyes. Junto a estas parias de reino a reino, oficiales, coexisten otras entre poblaciones fronterizas o de un reino musulmán con un noble cristiano; tan importante como las parias pagadas por los amigos es el botín que se conquista a los enemigos. La  minuciosa regulación y reparto es prueba evidente de la importancia del botín y de las expediciones que forman el servicio de espionaje e información sobre el enemigo y que participan también en el reparto del botín.
No es posible conocer el valor exacto de las parias ni del botín cobrado en el XI por Fernando I, Alfonso VI o Rodrigo, pero es indudable que el oro musulmán sirvió para activar la economía y que una parte considerable de las parias se dedicó a premiar los servicios militares y políticos de los nobles que, en adelante, se verán pagados cada vez en mayor proporción en dinero y a través de él entrarán en el circuito monetario de la época, que impone un cambio en el concepto de la riqueza. Ésta ya no se mide por las tierras y vasallos que se poseen sino por los objetos que se pueden y deben adquirir para realzar la categoría social.
Inicialmente, la nobleza es un grupo abierto al que se accede por:
Intervenir en la guerra, en la repoblación del territorio o en el gobierno y administración del reino.
Disponer de tierras y medios suficientes para adquirir vasallos, campesinos que cultiven la tierra y vasallos militares que la defiendan.
A medida que la tierra y cargos se hacen hereditarios, el nacimiento, el origen familiar, se convierten en un factor decisivo para pertenecer a la nobleza, al menos en la categoría de los ricoshombres y simultáneamente comienzan a establecerse diferencias jurídicas entre los simples libres y los nobles, caracterizados éstos por el disfrute de los privilegios fiscales y judiciales, que los nobles intentan consolidad dándoles carácter oficial, haciendo que se recojan en un texto legal, constituyendo un fuero nobiliario. Las primeras disposiciones son atribuidas a una reunión celebrada en Nájera por Alfonso VII, cuyos acuerdos fueron aceptados por los redactores del Ordenamiento de Alcalá de 1348.
Las relaciones entre el monarca, los ricoshombres y sus vasallos aparecen claramente reguladas con normas:
Ante la posibilidad del destierro de algún ricohombre por parte del monarca (la decisión ha de ser razonada), debe darle un plazo de hasta 42 días para abandonar el reino y ha de facilitarle caballos y salvoconductos para él y sus compañeros, facilitarle comida a precios normales y respetar sus bienes. Los vasallos del ricohombre pueden acompañarle y ayudarle a encontrar otro señor, y en el caso de que el desterrado, en nombre propio o en el de su nuevo señor, ataque al rey, éste puede ocupar los bienes dejados en el reino por el ricohombre y sus vasallos, derribarle las casas, talar sus árboles y viñas, e incluso, si los ataques se repiten, puede expulsar del reino a la mujer e hijos del desterrado.
En sus pleitos con los labradores libre, los hidalgos pueden rechazar las pruebas que éstos aportan si demuestran que son hijos ilegítimos, perjuros o excomulgados.
El señor tiene derecho absoluto sobre sus solariegos o campesinos dependientes: puede quitarles cuanto tienen sin que el perjudicado pueda recurrir, excepto en los lugares de behetría, en los que la actuación del señor sólo es legal si el labrador abandona la tierra o busca otro señor.
Existe una clara diferencia entre ricoshombres y simples nobles: la diferencia no es legal sino económica y política:
Los ricoshombres constituyen un grupo reducido cuyos miembros y vasallos están exentos del pago de impuestos y tienen fuerza militar y política suficiente para negociar directamente con el monarca.
Los simples nobles actúan generalmente al servicio de los ricoshombres como vasallos militares, pero un nº considerable son propietarios que gozan de una relativa autonomía. En relación directa con los nobles están los oficiales que cuidan y administran las propiedades de los nobles elegidos entre los ciudadanos.
Algunos oficios eran de tal importancia que sólo podían confiarse a los nobles que tienen en exclusiva los oficios de marinos, alcaldes, alguaciles y mayordomos, mientras los hombres de las villas pueden realizar las tareas de canciller o encargado de la correspondencia, médico, camarero, caballerizo, portero, mensajero, etc.
Se producirá una clara transformación a principios del XIV de la nobleza militar (defensora frente al peligro exterior) en cortesana; en parte, la proximidad al monarca sustituye a la guerra externa como fuente de ingresos, con la consiguiente pérdida de prestigio de los nobles que, por otro lado, ven cómo sus formas de vida comienzan a estar al alcance de los oficiales del monarca y de los mercaderes enriquecidos; la aprobación de las leyes suntuarias que coloquen a cada uno en su sitio, que permitan distinguir a los nobles de los demás por su forma de vestir, calzar o comer, y la defensa a ultranza del estatuto nobiliario y de los privilegios que éste comporta permiten mantener el nivel de vida y el prestigio de los nobles que, además, sacralizan su función al convertirse en caballeros, equiparado en los textos a un sacramento. La caballería realiza el papel de los nobles, pues a los caballeros se les supone practicantes de las virtudes teologales y cardinales, leales al señor, etc.
Todos los caballeros pertenecen al grupo militar, pero no todos los defensores son caballeros; éstos forman un grupo especial, cuyas misiones son:
Mantener y defender a su señor.
Hacer cumplir la justicia.
Ejercitarse en las armas.
Defender a viudas, huérfanos y personas desvalidas.
Tener castillo y caballos para guardar los caminos y defender a los labradores.
Perseguir a los traidores y ladrones.
Estas funciones justifican, tanto como la guerra exterior, los privilegios de los defensores.

sublevación nobiliaria

La defensa del fuero explica en casi todos los casos las sublevaciones de los nobles, aunque en muchos casos la verdadera razón haya que buscarla en los enfrentamientos entre linajes o bandos nobiliarios, polarizados en torno a las casas de Lara y Castro en el XII o Lara y Haro en el XIII.
La privanza de unos significa pérdida de poder para los otros que buscarán en el exterior ayuda para convencer al monarca de que no se puede prescindir de su colaboración, de que sin ellos el reino no es gobernables. Oposición y colaboración con el monarca son el fondo dos maneras de alcanzar el mismo objetivo:
Nuevas tierras.
Mayores cuantías.
Cargos que realcen social, económica y políticamente a los nobles
Reconocimiento de derechos específicos: punto que une a todos los nobles, pues las concesiones hechas a los fieles son extensibles a todos los miembros del estamento nobiliario, que no dudará en hacer frente común contra el monarca cuando se trate de salvar sus fueros y privilegios.

Fernando III

Las revueltas nobiliarias condicionan los reinados de Alfonso VIII de Castilla y de Fernando II o Alfonso IX de León y adquieren verdadera importancia en el XIII. En los comienzos de su reinado Fernando III tiene que enfrentarse a Alvar Núñez de Lara, quien para mantenerse en la privanza lograda en los últimos años de Alfonso VIII y durante el breve reinado de Enrique I, se aliará a Alfonso IX de León, frente a Alvar, Fernando contará con Lope Díaz de Haro, que sería alférez hasta su muerte. Pese a estos comienzos y a tensiones surgidas con algunos nobles, las campañas andaluzas permitieron:
Dar salida a los nobles,
Compensar espléndidamente sus servicios,
Poner fin a las diferencias entre la nobleza castellana y leonesa, que se une a través de enlaces matrimoniales, posee tierras y ejerce cargos

Alfonso X (1252-1284)

Los problemas resurgen en el reinado de Alfonso X a pesar de que el monarca da a los nobles más rentas en dinero y en tierras de las que habían tenido nunca. Para los nobles, el final de las campañas andaluzas significa el fin de la época de ganancias fáciles, de enriquecimiento constante y coincide con un incremento de los gastos nobiliarios al aumentar las posibilidades de adquirir productos importados de Europa. Ante la nueva situación, los nobles reaccionan de dos maneras:
Aumentando la presión sobre los campesinos que cultivan sus tierras.
Presionado al monarca para que les conceda tierras, dinero o derechos que compensen los nuevos gastos.
A su vez:
Unos buscan la solución a sus problemas en el servicio al rey.
Los menos afortunados acuden a la revuelta y si es preciso ofrecen su colaboración a los enemigos exteriores del rey (sean éstos musulmanes, portugueses, navarros o aragoneses) para obligar al monarca a negociar y aceptar sus exigencias.

División de los nobles

A la división entre los nobles corresponde la formación de bandos en los concejos y ciudades, dirigidos por los caballeros villanos.
Los pretextos para la revuelta serán:
El pretendido o real desgobierno de la Tierra.
Los intentos de Alfonso X de implantar el Derecho Romano frente al nobiliario.
La ocasión la ofrecen varios motivos:
Las necesidades económicas del monarca: Alfonso necesita dinero y hombres que le ayuden a convertir en realidad el sueño imperial.
Las dificultades políticas del monarca: Alfonso se siente amenazado en la frontera granadina en 1269 cuando los nobles inician la sublevación ofreciendo sus servicios a Jaime I de Aragón y cuando éste los rechaza, poniéndose a disposición de los musulmanes de Granada, no sin hacer constar como buenos cristianos que si el rey de Navarra se mostrase dispuesto a apoyarles preferirían ponerse a su servicio antes que ayudar al granadino (según crónica de Alfonso X).
El trasfondo económico y foral de la revuelta lo manifiestan los dos cabecillas:
El infante Felipe que se niega a servir al rey.
Nuño de Lara que se queja de que no se le paga cuando le es debido y pide que se cobre un nuevo subsidio de Castilla y en Extremadura y que su importe sea repartido entre los nobles. La petición fue apoyada por los nobles fieles al monarca pero no se logró la paz porque una vez recibido el dinero por los nobles, éstos lo repartieron entre sus vasallos militares y con su ayuda saquearon la Tierra al tiempo que reforzaban las alianzas con Navarra y Granada para conseguir el mantenimiento de sus fueros y derechos, conculcados por los municipios cuando basándose en el Fuero Real, dado por Alfonso X a numerosos lugares, pretenden someter a los hidalgos a las normas municipales.
El rey colabora a minar el poder y prestigio de los nobles con la creación de nuevos pueblos en Galicia y León que atraen a los habitantes de las tierras nobiliarias; nombra jueces que hacen caso omiso del derecho de Castilla (nobiliario) y tanto él como sus hijos se prestan a pactos de prohijamiento que convierten al rey e infantes en hijos – herederos de otros nobles en perjuicio de sus parientes; y a sus agravios añaden los nobles los daños que sufren los demás por la excesiva presión fiscal y por los abusos que comenten los recaudadores de impuestos.
Alfonso acepta las exigencias de los nobles y en vista del éxito se muestra dispuesto a corregir los abusos y aceptar las exigencias, no sin recordar que los beneficiarios y culpables indirectos de la presión fiscal son los nobles, pues se cobran impuestos para darles sus soldadas. El éxito anima a los nobles que exigen el refrendo de sus derechos en Cortes y en ellas presentan nuevas reivindicaciones:
Que se deshagan los pueblos hechos en Castilla.
Que Alfonso renuncie a cobrar los diezmos que gravan importaciones y exportaciones (los nobles serían los máximos beneficiarios por ser los mayores compradores de artículos de lujo y exportadores de lana)
A sus reclamaciones se reúnen los prelados que piden concesiones que no les solían ser otorgadas por los otros reyes y aunque el monarca llegó a pensar en la posibilidad de expulsar del reino a los obispos, Alfonso acabó confirmando las nuevas exigencias a petición y con la complicidad de la reina, del arzobispo de Toledo, de los obispos del reino y de los nobles fieles al rey, que no renunciaron a pedir pacíficamente lo que sus iguales exigían mediante el recurso de la violencia.
Humillados una y otra vez en el interior por los nobles y eclesiásticos, mientras en el exterior se esfumaban los sueños imperiales, sólo la claudicación del monarca reconociendo los derechos tradicionales de los nobles y la entrega a éstos de tierras y dinero pacificarán el reino y permitirán a Alfonso ocuparse, finalmente, del hecho del Imperio, sólo que con resultado negativo.
Novedad importante es la aparición de familiares del rey al frente de los ricoshombres no por la fuerza que puedan tener los infantes sino por el prestigio que les da su pertenencia a la familia real y por el hecho de que, en determinadas circunstancias, los nobles puedan aspirar a sustituir al monarca por uno de sus hermanos o hijos si logran atraerlos hacia su parcialidad. En la práctica, las casas nobiliarias se alternan en la privanza real porque mientras unos ocupan cargos otros preparan la sucesión apoyándose en el heredero.

Portugal

La situación no es muy diferente a Castilla, pues es posible hablar desde el XII de la división en bandos de los grandes nobles cuyo papel va perdiendo fuerza a favor de los oficiales del monarca y de una nueva nobleza más cortesana que militar creada por Alfonso II; manifestación de esta política centralizadora es la realización de investigaciones sobre los derechos señoriales y su justificación con las que el monarca pretendía impedir la extensión de las inmunidades en detrimento de los realengos y tierras de la corona y al mismo tiempo garantizar su entera supremaciía sobre todas las tierras que no estaban directamente sometidas a nadie; contra la política centralizadora de la monarquía, reacciona la nobleza colectivamente hasta llegar a la guerra civil y a provocar una situación de anarquía, a la que responde el rey haciendo aprobar una ley en 1264 y 1272, en la que puede verse un intento de separar a los ricoshombres de los hidalgos, a los que se considera víctirmas al mismo tiempo que colaboradores de la actuación de la gran nobleza; la colaboración con ésta viene decidida por la situación económica de la pequeña nobleza, a la que no es ajena la iglesia según la ley de 1291 que prohíbe a iglesias y monasterios recibir las heredades de los caballeros.
Entre las medidas tomadas para reducir los gastos de los nobles y, consiguientemente, su necesidad de nuevos ingresos y mantener pacificado el reino, se dispone que sólo acudan a la Corte cuando el rey los llame o cuando tengan asuntos que resolver de manera directa (siempre se acudiría con un séquito reducido: un caballero por cada millar de maravedíes que tenga el rey).



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