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El problema remensa y buscari, que enfrentan al monarca y a las Cortes, fueron las causas de la guerra entre catalanes (1462-1472), aunque los inicios se sitúan en la prisión de Carlos de Viana, error de Juan II que permitió a la Diputación General agrupar a los catalanes alrededor del heredero y declarar la guerra al monarca, no para destronarle sino para imponer las ideas de los dirigentes sobre la organización económica y social de Cataluña.
Entre la Capitulación de Villafranca y la muerte de Carlos de Viana (corrió el rumor de que le habían envenenado), la Biga afianzó su posición en Barcelona, destituyó a Requesens y desplazó a los representantes buscaris, algunos serán ajusticiados por manifestarse partidarios del regreso del monarca, al que también apoyan los payeses de remensa sublevados a comienzos de 1462, dirigidos por Francesc Vemtallat.
La guerra se internacionaliza; Juan II busca apoyo de Luis XI de Francia y de Gastón de Foix, casado con una hija de Juan. El primero se hará pagar la ayuda en dinero, tomando en garantía las rentas del Rosellón y Cerdaña; el segundo tendrá la promesa de heredar Navarra. El Consejo de Cataluña buscará la unidad interior y negociará alianzas externas que contrarresten la presión francesa o la neutralidad o el apoyo al monarca de aragoneses, valencianos y mallorquines. Desarticulado el partido buscari, el mayor peligro procede de los remensas a los que la Diputación ofrece acuerdos que fueron rechazados al igual que las peticiones de ayuda enviadas a los demás territorios de la Corona.
Ante esta situación, el Consejo ofrece el Principado a candidatos que, con derecho al trono aragonés, puedan al tiempo inclinar la guerra a favor de los rebeldes a Juan II. 50 anos después del Compromiso de Caspe reinarán en Cataluña descendientes de los candidatos rechazados en 1412 contra el hijo del candidato vencedor; pero a esta solución se llegó después de agotar todas las posibilidades. Al principio y ante la gravedad de la situación militar, el Consejo pidió ayuda a Castilla (2000 caballeros durante dos o cuatro meses) y solicitó vituallas y armas a mercaderes castellanos; la guerra no estaba dirigida contra el monarca castellano sino contra  el concepto que de la monarquía tenía Juan II. Era un enfrentamiento entre las ideas autoritarias del monarca y las pactistas de la oligarquía catalana: el modelo medieval del Consejo y el moderno de Juan II, dando al "medieval" y ""moderno" un valor simplemente cronológico. Cuando los catalanes se convencen de que la ayuda exterior es insuficiente ofrecerán el Principado a otros reyes e incluso en estos casos mantendrán la legalidad retrotrayéndola a la época de Caspe.
El 11 de agosto de 1462 se presentó ante el Consejo una proposición para nombrar conde de Barcelona a Enrique IV de Castilla, que tendría que respetar los fueros, costumbres y privilegios de Cataluña y la Capitulación de Villafranca. La propuesta se aprobó por amplia mayoría, pero algunos consejeros deseaban continuar sin rey, convirtiendo a Cataluña en una república al estilo italiano. La elección de Enrique IV se justifica por los derechos al trono aragonés heredados por su padre Juan II, cuya candidatura fue pospuesta a la de Fernando de Antequera, y la razón está en la enemistad entre Enrique y Juan y en el poder militar y económico de Castilla, que cuenta con la ayuda de los beamonteses navarros, para quienes el rey de Navarra es Blanca, hermana de Carlos de Viana, que renunció a sus derechos a favor de Enrique, con el que había estado casada.
Enrique IV acepta el apoyo de nobles castellanos opuestos a Juan II y con la oposición de los partidarios del infante aragonés y de los que temían el aumento del poder del monarca al considerarlo contrario a los intereses de la nobleza castellana. Las tropas de Castilla dirigidas por el navarro Juan de Beaumont, obligaron a levantar el cerco a Barcelona, pero Juan II utiliza la división de la nobleza castellana que obliga a Enrique a aceptar la decisión de Luis XI, elegido por los partidarios castellanos de Juan II. Por la Sentencia de Bayona, Enrique se comprometía a devolver las plazas ocupadas y a renunciar a los títulos de conde de Barcelona y señor del Principado. A cambio Juan II cedía las rentas que le correspondían en Castilla, entregaba a Enrique la merindad de Estella y se comprometía a no tomar represalias contra los catalanes sublevados si se sometían en tres meses.
AL abandonar el aliado castellano, los catalanes aceptaron el ofrecimiento del condestable Pedro de Portugal, descendiente de Jaime de Urgell (de los reyes intrusos de Cataluña). El condestable no podía dar ayuda económica ni militar a los rebeldes, pero sirvió los intereses catalanes como jefe militar y con la alianza con Carlos el Temerario de Borgoña, enemistado con Luis XI. Pero la oposición del rey no dejó de consolidarse en el plano político al fracasar el intento catalán de atraerse a valencianos, aragoneses y mallorquines. En Cataluña, Juan II cuenta con el apoyo directo de los remensas y el indirecto de los buscaris y también con el de algunos nobles y clérigos fieles al rey y a la idea monárquica o que no estaban de acuerdo con la radicalización de las posturas o con la lucha que dividía a los catalanes.
El primer éxito de Juan II lo tuvo al pasar a su servicio uno de los tres diputados del General de Cataluña, Bernat Saportella (1464), que se intituló miembro de único de la Diputación afirmando que sus dos compañeros permanecían en Barcelona forzados y sin libertad y organizando el organismo supremo de Cataluña en dominios realistas. Desde ese momento el rey cuenta con una Diputación que le permite legalizar su situación atrayendo a nuevos partidarios, comprometiéndose a respetar las condiciones de Villafranca y los privilegios de las ciudades.
AL morir el condestable en 1466, los catalanes eligen a Renato de Anjou, enemigo de Alfonso el Magnánimo en Italia. Esta designación modifica las alianzas internacionales: Carlos es apoyado por Luis XI y Juan lo será por Carlos de Borgoña y por los ingleses. Los conflictos peninsulares enlazan con la Guerra de los Cien Años en la que también entra Castilla pues Luis XI y Juan II buscan la neutralidad o la ayuda de uno de los bandos en que se divide Castilla tras haber depuesto en efigie a Enrique IV en lo que se conoce como “la farsa de Ávila” y haber proclamado heredera al trono a la que será Isabel la Católica.
Juan II busca la alianza con el bando de Isabel o con el que dirige Juan Pacheco, marqués de Villena y ofrece el matrimonio del heredero aragonés, Fernando l con Isabel o con Beatriz Pacheco. En cualquier caso el matrimonio y la alianza reactivan la guerra civil castellana y aleja a los nobles de los problemas catalanes. Con el matrimonio de Isabel y Fernando en 1469, los partidarios del infante aragonés y los enemigos del marqués de Villena apoyan a Isabel que se impone en Castilla. AL morir Juan de Lorena (1470), jefe del cuerpo francés, privó a los catalanes de apoyos exteriores y en 1472 Barcelona se rindió a las tropas realistas después que Juan II concediera un perdón general y reiterara las ofertas hechas en 1463 y 1465: respeto a las construcciones del país y a los privilegios de las ciudades.
Por la  Capitulación de Pedralbes (1472) la guerra terminaba sin vencedores ni vencidos;  Juan II reconocía la buena fe de sus adversarios en defensa de sus privilegios y fueros, perdonaba a todos y concedía salvoconductos a los franceses, sólo exigía que se anulara la Capitulación de Villafranca, Juan II lograba pacificar el Principado retornando a la situación anterior a la prisión de Carlos de Viana. Dio preferencia a la Diputación rebelde sobre la realista, disponiendo que continuaran en el cargo los diputados que eligieron a sus sucesores por el modo tradicional. Esta decisión la protestaron los realistas funcionando la Diputación durante unos meses con seis diputados, tres rebeldes y tres realistas, los últimos eligieron a sus sucesores en el cargo.
Estas condiciones se explican por la necesidad de terminar con los graves problemas económicos: ruina de la agricultura, industria, comercio y endeudamiento de la población, los municipios, la diputación y el propio monarca, que debía recuperar RoseIIón y Cerdaña que Luis XI se niega a devolver. Las Cortes de 1473 abordan este tema pero no se disponía de los medios para una nueva guerra y los catalanes no ayudarían al rey hasta que no se solucionara la devolución de Los bienes confiscados a cada bando, problema que durará hasta el reinado de Fernando el Católico, al igual que la ocupación del RoseIIón y Cerdaña, el conflicto remensa y el relanzamiento de la economía.
Las primeras medidas económicas siguen el programa de los buscaris, se toman en 1483 pero hasta cinco años después no se pone en marcha el “redreç" o recuperación de Barcelona y la reforma de los organismos catalanes: la Diputación y el Consejo barcelonés. La guerra tampoco solucionó los problemas remensas; Juan II premió los servicios militares de algunos caudillos como lo hizo con nobles, ciudadanos y eclesiásticos: Francesc Vemtallat fue hecho vizconde de Hostolés. En lo referente a los malos usos, el rey osciló entre la supresión en casos concretos y el mantenimiento de los derechos de los señores.
Esta ambigüedad dará lugar a revueltas como la de los campesinos de Corsá o manifestará la aprobación de constituciones como la de las Cortes de 1480-81 que restablece la servidumbre remensa, aunque en 1483 Fernando el católico autorice de nuevo la reunión de campesinos, nombramiento de síndicos y creación de impuestos para la liberación de los malos usos. Las dudas del monarca son aprovechadas por los señores para recuperar sus derechos dando lugar a la segunda guerra remensa dirigida por Pere Sala que sublevó a los campesinos de la Montaña, Vic y la Selva.
La extensión de la revuelta al Maresme movilizó a las fuerzas del Principado para reducir a Sala. Esta revuelta mostró la necesidad de un compromiso que impondría Fernando en la Sentencia Arbitral de Guadalupe (1486) que obligaba a señores y  campesinos: los malos usos serán redimidos mediante el pago de sesenta sueldos por cada manso; los campesinos podrán fijar libremente su domicilio, conservarán los mansos ronecs abandonados tras la peste y ocupados por ellos, podrán vender los productos sin permiso señorial, dispondrán de los bienes muebles; los señores recibirán, además del dinero de cada manso, 6000 libras como indemnización por los derechos no recibidos y por los daños sufridos, al monarca se le pagaría una multa de 50.000 libras.
Aunque la Sentencia no pone fin a los derechos de los señores, los payeses obtienen considerables mejoras como la prohibición a los señores de obligar a la mujeres a ser amas de cría con paga o sin paga, menos de su voluntad. Se elimina la costumbre de dormir con la payesa la primera noche “quel pagés prende mujer" y a la versión de este derecho señorial consistente en que la noche de bodas, de que "fa muger sera echada en la cama, pasar encima de aquella sobre la dicha muger" en manifestación y reconocimiento del señorío sobre el campesino y su familia. La sentencia no pone fin al señorío pero sí a sus manifestaciones más humillantes.

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» Revolución de 1820

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» 1872-1878. Alianza Alemania, Rusia y Austria-Hungría

» 1879-1887. Alianza Alemania y Austria-Hungría

» 1887-1888. Alianza Alemania y Rusia
» Guillermo II

» El asesinato de Sarajevo

» Congreso de Viena

» Congreso de Aquisgran




 
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