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Aunque la crisis se dejó sentir en toda la Península, pero no afectó por igual a todos los reinos. La zona más afectada fue la Corona de Aragón y dentro de  ella el principado de Cataluña y el reino de Mallorca, las dos zonas de mayor importancia económica, lo que explica que pepe a los éxitos militares de los Reyes de Aragón (incorporación de Sicilia, Cerdeña y Nápoles) la corona deja de ser el estado más importante dentro de la Península y se ve obligada a ceder primacía a los reinos occidentales.

NOBLEZA Y MONARQUÍA CASTELLANA

Las continuas revueltas nobiliarias que llevan a la sublevación de Sancho IV contra Alfonso X en 1282 y terminan con la destitución de Enrique IV en la “Farsa de Ávila” (1455) y en la elección de un rey-sucesor Alfonso y de su hermana Isabel la Católica cuando muere Alfonso, puede hacer creer que la monarquía castellana carece de fuerza y está a merced de la nobleza, algo de ello sí que hay, pero a diferencia de los reyes de Aragón los reyes de Castilla no están limitados, salvo en momentos excepcionales, por las Cortes ni por el derecho local-señorial que es sustituido durante el siglo XIV por el Derecho Romano, a través del cual pueden legislar o crear impuestos con relativa libertad y les bastará atraerse a la nobleza, siempre dividida para gobernar sin trabas.

REVUELTAS Y HERMANDADES

La historia del reino castellano durante los años finales del XIII y principios del XIV es un esquema repetido: los reinados de Sancho IV (1282-1295), Fernando IV Y Alfonso XI (1312-1350) se inician con disturbios y enfrentamientos entre Sancho y Alfonso X y después por la menor edad de los monarcas en el momento de iniciar el reinado. Tanto en una como en otras ocasiones, las dificultades de la monarquía son utilizadas por os bandos nobiliarios para incrementar su poder apoyando al rey para controlarlo o combatirlo para arrancarle concesiones; los concejos sirven de eficaz contrapeso a las exigencias nobiliarias y su apoyo permite superar as dificultades pero al mismo tiempo ponen precio a su ayuda en forma de concesiones que reducen la autoridad de los monarcas.
Estabilizado el reino o desaparecidos los problemas, los monarcas intentan anular las concesiones hechas a las ciudades y a los noble, pero en caso de muerte del monarca pone fin a la política de afirmación monárquica y de nuevo se inicia el ciclo.

ENTRE ARAGÓN Y FRANCIA-ROMA, ENTRE LA NOBLEZA Y LOS CONCEJOS

En su último testamento, Alfonso X deja como herederos de los reinos de Murcia y de Sevilla-Badajoz a los hermanos de Sancho IV, Jaime y Juan, y el resto de sus dominios a los infantes de la Cerda; pero reducido en vida al control de Sevilla y Murcia, Alfonso no fue obedecido después de su muerte; Sancho se coronó "rey sin dificultades” y la oposición nobiliaria dirigida por Juan Núñez de Lara desde Albarracín fue anulada por la intervención de Pedro el Grande de Aragón.
Las primeras disposiciones del monarca tienden a restaurar el poder real debilitado por las concesiones hechas a nobles y ciudades; en las Cortes de 1285 revocó numerosos privilegios, se comprometió a recuperar por todos los medios los bienes del reino cedidos a los nobles y órdenes militares y prohibió a los ricoshombres e hidalgos comprar bienes de realengo y ejercer el oficio de arrendadores o cobradores de los impuestos. El apoyo de los concejos al rey tienen como contrapartida la retirada de los guardianes, precedente de los corregidores, nombrados por el monarca para administrar la justicia al margen de los fueros de cada lugar; en adelante sólo podría nombrarlos en los consejos que lo pidieran. Otra concesión fue encomendar el cobro de los impuestos a los hombres buenos fe las villas, de esta manera reducía gastos.
Las concesiones no impidieron que el poder siguiera en manos del privado del rey, Lope de Haro, el cual se hizo conceder diversos títulos y cargos de mayordomo, conde y alférez con carácter vitalicio y exigió como garantía del cumplimiento de este acuerdo la entrega de numerosos castillos. Más tarde contraviniendo lo dispuesto en las Cortes, concede la administración de las finanzas del reino al judío Abraham el Barchilón, con lo que el monarca y el privado se enemistaron con los nobles desplazados por Lope de Haro y con las ciudades, sobre las que recaía la presión fiscal. El molestar de los nobles y de las ciudades llevó Sancho a prescindir de los servicios del Señor de Vizcaya, invocando diferencia en política exterior. Entonces el monarca se inclina hacia  Francia para conseguir la legitimación de los hijos habidos con su prima María de Molina, matrimonio no aceptado por Roma por parentesco, y Lope de Haro exige la paz con Aragón por tenor a que el apoyo de Felipe IV se traduzca en un ensalzamiento de los Lara, aliados de los reyes franceses del 1275.
Esta política provoca un vuelco en el interior: López y su hermano Diego fueron asesinados por los hombres del monarca, el infante Juan, fue hecho prisionero; los partidarios de Lope ofrecieron sus servicios al rey de Aragón y aceptan como monarca a Alfonso de la Cerda, lo que da lugar a que Sancho tenga de nuevo que apoyarse en las Cortes frente a los nobles y a su aliado el rey de Aragón.
Las concesiones monárquicas a los concejos se ven en las Cortes de Alfaro, en las que se suprimen los arrendamientos de los impuestos concedidos el judío a cambio de que las Cortes le entreguen el dinero que le prometió el Barchilón, se perdonan las deudas contraídas con la corona en los últimos y el rey se compromete a no nombrar recaudadores a los judíos; más importantes son las Cortes de 1293, celebradas por separado pero ambos casos en Valladolid, de castellanos y leoneses que plantean problemas y agravios.
En ambos reinos preocupa la presencia de musulmanes y judíos que a sus rasgos diferenciales añaden  la dedicación al préstamo lucrativo. Preocupa también la compra de bienes raíces por los hebreos, porque al estar sometidos al pago de un impuesto global mientras los cristianos pagaban en razón proporcional al valor de sus bienes, si estos pasaban a poder de los judíos, los ingresos del rey disminuirían al no incrementarse la tributación judía y reducirse la cristiana. Para evitar los abusos de los judíos, tanto en Castilla como en León se ordenó a los judíos vender cuantos bienes inmuebles poseyeran y se les prohibió comprar otros en adelante, salvo que en caso de embargo se tuvieran que quedar con el bien del deudor. Aunque tendrían que vender en el plazo de un año.
Otro de los agravios de leoneses y castellanos hace referencia a la fijación del valor del yantar y obligación de los concejos de alimentar, de dar una cantidad para alimento del rey y de su séquito una vez al año, y que sólo fuera cobrado este impuesto cuando la reina diera a luz y cuando el rey acudiera  personalmente a la localidad.
Otro impuesto discutido fue la posada o deber de albergar el rey y a su comitiva. Los hombres del monarca causan problemas en el pueblo por eso se pide que los ricoshombres y caballeros del séquito real se alojen fuera de las villas o ciudades, que la elección de la posada la haga el alcalde y el merino del lugar junto con el posadero real y no los oficiales del rey. Estos oficiales deben pagar los alimentos y no cogerlos sin el consentimiento de los dueños.
Frente a nobles y eclesiásticos los concejos leoneses pidieron que el monarca no les cediera ni permitiera comprar ni adquirir bienes de realengo. Sancho se comprometió a no dar bienes a los concejos o aldeas pero se reserva la posibilidad de entregar sus bienes personales y autorizó a los hidalgos y caballeros, no a los ricoshombres, a comprar bienes en los concejos siempre que se sometieran al fuero de la localidad, el que deberían sujetarse los nobles en todas sus demandas contra los hombres de realengo.
La celebración de Cortes por separado de leoneses y castellanos, demuestra las diferencias existentes entre ellas aluden las Actas de las Cortes cuando los leoneses insisten en que sus pleitos con el rey sean sentenciados de acuerdo con el fuero Juzgo o cuando castellanos y leoneses reclaman que sólo puedan juzgar a unos y otros los naturales de cada reino. Los leoneses protestan contra los ricoshombres y caballeros que, actuando en nombre del rey, embargaban los bienes de los deudores fiscales y los vendían fuera del lugar, causando grave perjuicio a los concejos que veían salir estos bienes de sus jurisdicción; en adelante estos bienes tendrían que ser vendidos dentro de la localidad.
El reinado de Fernando IV se inicia con la declaración de guerra por parte de Jaime II de Aragón reconciliado con Roma después del acuerdo de Anagni que le permite desentenderse de Sicilia e intervenir en Castilla para ampliar los dominios mediterráneos de la Corona. A Jaime se unen los reyes de Portugal y Granada, que reivindican diversos lugares fronterizos, el infante Juan que aspira a ser nombrado rey de basándose en la ilegalidad del matrimonio de Sancho IV e ilegitimidad de Fernando, y los nombres dirigidos por Diego López de Haro y Juan Núñez de Lara, unidos frente a las Cortes, a las que solo asisten los concejos. En 1296 se llega a un acuerdo para dividirse el reino: el infante Juan sería el rey de León, Galicia y Asturias; Alfonso de la Cerda tendría  a Castilla, Toledo y Andalucía y Murcia serla entregada a Jaime II de Aragón.
Frente a estas amenazas las ciudades se unieron a María de Molina que autorizó la creación de Hermandades, y reunió en Cortes para sostener a Fernando IV. Los concejos aprovechan la ocasión pare intentar librarse de la injerencia nobiliaria e eclesiástica en las ciudades; piden que se reconozca validez a los privilegios recibidos desde la época de Alfonso VII (no incluyen los reinados de Alfonso X y Sancho IV a los que consideran responsables los concejos del excesivo poder de la nobleza), solicitan que los eclesiásticos abandonen la corte y vuelvan a sus obispados, abadías; que los notorios del reino sean legos y hombres de los concejos (uno por León y otro castellano) María de Molina se compromete a elegir a sus oficiales y los tenentes de los castillos entre hombres de los concejos, a confiar el cobro de los impuestos a los hombres buenos de la villa.
La reacción de eclesiásticos y nobles ante estas concesiones no se hizo esperar,  cada obispo procuro individualmente obtener cartas de confirmación, de los derechos de sus iglesias.
María de Molina, enfrentada a la mayor parte de la nobleza,  no podía enajenarse el apoyo eclesiástico y en las mismas Cortes firmó los privilegios de las iglesias, se comprometió a no apoderarse de los bienes de las sedes y abadías  a la muerte de los titulares (la Corona administra estos bienes cuando se queda la sede vacante), de no intervenir en la provisión de los cargos y beneficios y a no solicitar tributo alguno de iglesias ni clérigos.
Las concesiones hechas en 1296 a los clérigos fueron suficientes para lograr el apoyo y sólo la alta  nobleza mantuvo su adhesión a los candidatos al trono aunque la situación es confusa y las alianzas varían según los intereses del momento; los rebeldes pasan fácilmente al servicio de la monarquía y los que se mostraron fieles en los primeros momentos ofrecen sus servicios a Jaime II o cualquier otro enemigo del rey si consideran que su fidelidad no ha sido suficientemente recompensada.
Dionís de Portugal es atraído al campo real cuando se concierta el matrimonio de Constanza de Portugal con Fernando IV y éste renuncia a las plazas fronterizas ocupadas por el portugués; tras la reconciliación los concejos castellanos le piden que medie ante los nobles rebeldes, mediación que aprovecha para ofrecer el reino de Galicia al infante Juan a cambio de mas plazas. Las luchas y las intrigas fueron constantes, por lo que puede afirmarse que los largos años de lucha y los esfuerzos desplegados por los concejos sólo sirvieron pare reafirmar La situación de los infantes Enrique y Juan y de los dirigentes de la nobleza Diego López de Haro y Juan Núñez de Lara, cuyos enfrentamientos y alianzas por el control del reino llenan la mayoría de edad de Fernando IV.

CORTES Y HERMANDADES

La unión de castellanos y leoneses durante la minoría de edad de Fernando IV se debió a la inteligente actuación de María de Molina, que supo convencer a los concejos que debían permanecer al lodo del monarca y no aceptar la división propuesta por los aspirantes a repartirse el reino. Si los concejos aceptan a Fernando IV se debe en parte al deseo de poner fin al ascendiente de los hombres de las ciudades cuando éstos, en 1297 consiguen que se reconozcan su papel en el gobierno del reino mediante medidas que recuerdan las adoptadas en las Cortes catalanas y aragonesas. En la reunión de Cuellar se eligieron de los concejos de Castilla cuya misión será la de acompañar al rey por tercios (tres por trimestre) y asesorarle en la administración de justicia, en el cobro de los impuestos y en la distribución de los ingresos.
A partir de 1302, el reino queda totalmente en manos de la nobleza, según se desprende de las crónicas a las que acuden los procuradores de los concejos (1305). Se quejan de que los ricoshombres, caballeros, infantes y otros poderosos les exigen yantares e impuestos indebidos, alteran la paz.
Dos años mas tarde las quejas se vuelven a repetir por la sangría fiscal que sufre el pueblo, la mala administración, la impotencia de la justicia para reprimir los abusos de los nobles y de los entregadores de la Mesta explican que en 1309 los concejos recuerdan que la tierra era muy yermo y muy pobre, aunque sus quejas no eran oídas hasta 1312, año en el que un grupo, e nobles pretende sustituir a Fernando IV por su hermano Pedro y el rey se ve obligado a recurrir a los concejos: la administración de justicia será encomendada a doce alcaldes legos con sueldos suficientes para que no pretendan cobrar a los litigantes por razón de los pleitos; se prohíbe ejercer como abogados en la corte a los eclesiásticos; se reorganiza la cancillería. Todas estas concesiones que habrían permitido la independencia de los concejos frente a los nobles y eclesiásticos,  pero ese mismo año muere Fernando IV y el reino entraba en una nueva minoría más agitada que la anterior.
Ahora se enfrentan por la tutela del monarca,  por el control del reino, no sólo los nobles e infantes sino también las reinas María de Molina y Constanza de Portugal, madre de Alfonso XI. Después de varias negociaciones de concejos y prelados se ordena que corresponda la tutoría conjuntamente a María de Molina y a los infantes Pedro y Juan, de forma que María de Molina tenga la custodia y que cada uno de los infantes administre justicia en los lugares de realengo donde haya sido aceptado como tutor; las cancillerías estarán juntas y ninguno de los tutores podrá por sí solo hacer donaciones de tierras o dinero.
Esto dura hasta 1319 que los infantes mueren y la nobleza se dividió entre los nuevos aspirante a la tutoría: el infante don Juan Manuel, nieto de Fernando III, Juan, hijo del infante del mismo nombre muerto en combate y Felipe, hermano de Fernando IV. Don Juan Manuel domina en Toledo y Extremadura, el 2º en Castilla y Felipe en Andalucía, Galicia y León; cada uno reúne sus propias Cortes, cobra impuestos, recompensa a sus partidarios y entre todos dejan al reino en la ruina.
Si alguien obtiene ventajas son las ciudades que a cambio de su adhesión a uno u otro de los candidatos obtienen importantes concesiones como las logradas en las Cortes de Palencia. El planteamiento es el mismo: el endurecimiento de las posturas contra los judíos, a los que se prohíbe usar nombres cristianos para que nadie pueda confundirles (tienen que llevar un paño amarillo en el pecho y en la espalda (rodela). La diferencia entre unas y otras Cortes se observan en las garantías exigidas por los concejos a los tutores: en ambos casos se acepta la creación de un Consejo Real integrado por cuatro caballeros nobles y por dieciséis caballeros villanos y hombres buenos de las ciudades o por cuatro prelados y dieciséis caballeros y hombres buenos en la reunión presidida por Maria de Molina y el infante Pedro, pero las atribuciones de uno y otro consejo son distintas: los primeros son nombrados de común acuerdo entre el tutor y las villas y se ocupan sólo de la crianza del rey; los segundos son directamente por los concejos, y sin ellos los tutores no pueden hacer nada. Maria de Molina se comprometió a reunir las Cortes cado dos años para cometerse a la fiscalización de los concejos y reparar agravios,  condición para mantener la tutela.
Las concesiones hechas a los concejos tienen su origen en la necesidad económica o política de reyes y tutores durante estos agitados años y también en la presión militar y de todo tipo que realizan las villas organizadas en hermandades para defender sus derechos y mantener el orden en sus territorios. De estas hermandades tienen especial interés las de significado político y económico; las primeras reflejan la diversidad del reino y las segundas engloban a poblaciones con unas características determinadas. Las hermandades con finalidad política parecen situarse en 1282 por iniciativa de Sancho IV enfrentado a su padre Alfonso X: para mantener la unión entre sus partidarios, el infante autorizo la formación de hermandades de clérigos y de ciudades, y una vez creadas intentaron mantener su independencia incluso frente a Sancho IV. Las hermandades resurgen en 1295 bajo la protección de Maria de Molina que las legaliza en las Cortes celebradas este mismo año. Se crean en los reinos de Castilla y de León y Galicia y de Extremadura y el arzobispado de Toledo,  más tarde la de Murcia, hasta un total de treinta y una ciudades o villas; se formó el 12 de julio de 1296 para poner remedio a los desafueros, daños, muertos, prisiones e impuestos que se les ponían sin razón y sin tener en cuenta los fueros municipales desde la época de Alfonso X, y sus miembros se comprometieron a guardar los derechos de Fernando IV y de sus herederos, el derecho a reinar, de administrar justicia y de recibir los impuestos de martiniega, monedaje y yantar y fonsadera en los lugares y según las cuantías fijados desde la época de Alfonso IX.
A cambio de este reconocimiento el monarca se compromete a guardar los fueros, usos y costumbres, franquicias y privilegios de los concejos y autoriza a estos a unirse para mantener sus derechos frente al rey, contra sus oficiales, frente a los nobles y contra los particulares. Los representantes de las ciudades se reunirán anualmente en León para ordenar lo que consideren conveniente; las órdenes de la hermandad serán de cumplimiento obligatorio.
Durante el reinado de Fernando III las hermandades pierden fuerza y solo se reorganizan en los primeros años de Alfonso XI pare poner fin a la división de las ciudades buscada por los tutores; en 1315 los concejos se unieron en la Hermandad General que englobaba a los caballeros hidalgos, no a los miembros de la gran nobleza,  a los caballeros villanos y a los vecinos de las villas de todo el reino. Sus constituciones fueron firmadas por más de cien hidalgos y por los representantes de cien concejos. La victoria concejil fue mas aparente que real.
Pronto la Hermandad General, al menos la rama castellana, cayó bajo la influencia de los ricoshombres,  que unidos a los procuradores de Castilla exigieron a los tutores la entrega de rehenes y pidieron que se hiciera inventario de las rentas del monarca. Esto la hizo las Cortes de Carrión en 1317. Se encuentra una diferencia de ocho millones entre los ingresos ordinarios del reino y los gastos, consecuencia más impuestos.
Junto a estas asociaciones que engloban a todos los concejos de uno o de todos los reinos, a-abundan las Hermandades entre dos a mas ciudades o entre nobles y eclesiásticos. Entre las nobiliarias, numerosas aunque poco estables, se hallan las formadas por miembros de la alta nobleza, para mantener su situación privilegiada o para apoyar a cualquiera de los aspirantes a la tutela de los reyes durante la minoría. Incluso se forman hermandades de caballeros e hidalgos que actuaban junto a los representantes ciudadanos y erigirse en tutores de Alfonso XI para poner remedio a los muchos males y agravios.
También la Iglesia sufrió los efectos de la anarquía e intentó paliarlos creando hermandades en los monasterios benedictinos, cistercienses y premostratenses de Castilla y León, autorizadas por Sancho IV e integradas más tarde en otra con representación de obispos, de comendadores y priores de las Órdenes Militares. En otros casos, la necesidad de hacer frente a las concesiones hechas a los concejos y poner freno a los abusos nobiliarios dio lugar a un resurgimiento de estas hermandades, a las que hemos visto actuar en las Cortes de 1295 y más organizado en el sínodo de Peñafiel de obispos castellanos.
Si políticamente coinciden los intereses de todos los concejos del reino, las ciudades del Cantábrico presentan algunas peculiaridades (viven del transporte y del comercio con el mundo europeo) que las llevarán a crear en 1295 su propia hermandad para lograr la supresión de los diezmos y de los derechos de exportación del hierro,  para concertar acuerdos con el rey y con los mercaderes portugueses de Porto y de Lisboa.
La hermandad inicial la integran los concejos de San Sebastián, Guetaria, Fuenterrabía, Laredo, Santander, Castro Urdiales, Bermeo y Vitoria. Capital Castro Urdiales, la hermandad tendrá su propio sello y estará representada en las Cortes por medio de procuradores de la marisma. Estas se ocupan de los problemas que puedan surgir con el rey, con sus oficiales, con los nobles o con ciudades.
La importancia comercial de estas ciudades es conocida a través de las cuentas del reinado de Sancho IV en las que se indica el valor de las mercancías importadas (tejidos sobre todo a través del puerto de San Sebastián). Tienen importancia de los aranceles de aduanas de Castro Urdiales, Laredo y Santander lo que da idea de la gran importancia económica de Cantabria.
Hermandades con fines económicos son las formadas por los propietarios de colmenas de Toledo, Ciudad Real y Talavera, unidas para expulsar a los bandoleros que proliferaban en la zona desde finales del siglo XIII. Otras como la de Escalona con Ávila, Segovia y Plasencia a fines del XII o comienzos del XIII para proteger el ganado trashumante y a los pastores dentro de los límites de cada municipio.
La hermandad de Toledo contará con un servicio permanente de vigilancia elegido entre todos los hermanados cuyos gastos se pagan con los impuestos que cobran a los pastores que cruzan la zona. Esto se rige por medio de Juntas de las que forman parte los colmeneros,  los ballesteros y los propietarios. Está presidida por dos alcaldes nombrados anualmente entre los propietarios y su misión es conservar los privilegios reales. Mantener el orden en los caminos hizo de ella un organismo militar al que los reyes dieron ayuda y protección. La organización militar de esta hermandad será ampliada a todo el reino por Pedro I en 1351.  Los Trastámara aprovecharán ampliamente la experiencia, que adaptada dará lugar a la creación de la Santa Hermandad por los RR.CC.

LA GUERRA ISLÁMICA

Tras la conquista de Sevilla por los castellanos, el control del estrecho es vital para Castilla y Alfonso X piensa llevar la guerra hasta el N de África, ocupa durante algún tiempo la ciudad de Salé, pero en vista de las dificultades se poner fin a la ofensiva norteafricana y se consolida lo ya conquistado. Mientras los meriníes no aseguraron su dominio en Marruecos, granadinos y benimerines mantienen su alianza, pero cuando Yusuf ocupa Ceuta (1275) y entra en la Península, sus ejércitos amenazan por igual a castellanos y granadinos. El enfrentamiento cristiano-musulmán da paso en muchas ocasiones a guerras de intereses políticos y económicos que son las que deciden las alianzas desde 1275 hasta la victoria de Castilla en el Salado 1340.
La marcha de Alfonso X a Beaucaire para defender su derecho al trono es utilizada por Muhammad II de Granada para solicitar la ayuda de los marroquíes a los que entrega las plazas de Ronda,  Tarifa y Algeciras. Esto no tuvo grandes consecuencias para Castilla excepto la muerte del heredero de la Corona,  Fernando y la toma del poder por el segundo hijo de Alfonso X, Sancho IV. El gran perdedor fue el reino de Granada que además de perder tres plazas vio su autoridad mermada, por parte de la nobleza dirigida por los que las crónicas llaman los Escayuela, que compran su alianza con los africanos con la entrega de la plaza de Málaga. En la guerra castellana entre Sancho IV y Alfonso X uno y otro tienen aliados musulmanes: los benimerines al lado del rey y los granadinos junto a su hijo para debilitar a quienes apoyan a Alfonso X, a sus vecinos de Sevilla y de Murcia.
A estas alianzas se unirá Pedro el Grande de Aragón, que ofrece a Sancho su colaboración naval contra los benimerines en 1282 a cambio de ayuda contra Francia. En 1491 se vuelven a unir y firman un tratado de reparto y asignación de zonas de comercio-conquista en el reino marroquí entre castellanos y aragoneses, se une Granada y Tremecén; el resultado es la ocupación de Tarifa. La alianza se rompe al no colaborar Sancho con Jaime III de Aragón y los nobles castellanos rebeldes a Fernando IV. Granada, auxiliar de Aragón no logró conquistar ninguna plaza de importancia,  y al morir Muhammad II su sucesor Muhammad III firmo la paz con Castilla (1303) y se reconoció vasalla de Fernando I un año antes de que castellanos y aragoneses llegaran a un acuerdo.
Las dificultades marroquíes permitieron a los granadinos conquistar Ceuta (1007) con apoyo de algunas tribus y contra el dominio del Estrecho por Granada reaccionarán castellanos y aragoneses con una alianza (1.303) que incluye el compromiso de concentrar las fuerzas sobre Almería (Aragón) y sobre Algeciras y Gibraltar (Castilla); en el caso de una victoria sobre los granadinos, Aragón recibiría Almería, pero el monarca granadino renuncia a la expansión por Marruecos y comprar la paz a los benimerines con la entrega de las plazas de Ronda y Algeciras.

CONSOLIDACIÓN DE LA MONARQUÍA CASTELLANA

En 1325 termina la minoría de Alfonso XI durante la cual Castilla estuvo dividida entre los tutores del rey y la de los nobles por la gobernabilidad del reino. Obligado a elegir entre los tres grupos nobiliarios que se disputan el poder, Alfonso se apoya en los partidarios del infante Felipe e intento atraerse a don Juan Manuel pidiendo en matrimonio a la hija de éste, Constanza, al tiempo que manda asesinar a don Juan. Todos los bienes del rebelde, entre los que se incluyen mas de 80 castillos, villas y lugares fortificados, pasan a manos del monarca. El matrimonio de Alfonso y Constanza fue acordado en tiempos de dificultades, para romper la alianza de los nobles, pero no es aceptable para los nobles que siguen al rey porque la victoria de don Juan Manuel significarla para ellos la perdida del favor real y de los beneficios obtenidos por su apoyo al monarca. Al final se busca un matrimonio más ventajoso y se acuerda la boda con Maria de Portugal.
Poco más tarde, casará a su hermana Leonor con Alfonso el Benigno de Aragón con lo que la posibilidad de ayudar a los rebeldes desaparece y con la ayuda que le proporcionan las Cortes en 1329 puede comprar los servicios de don Juan Manuel e iniciar la guerra contra Granada cuyo rey se declara vasallo del rey castellano y se compromete a pagar parias siempre que se permita a los granadinos importar pan y ganado.
La atracción de los nobles continua en los años siguientes, de acuerdo con los concejos que ya en 1325 habían pedido al monarca que reorganizará la Hacienda y fijara las soldadas de ricoshombres y caballeros de manera que pudieran vivir sin recurrir al robo; los dirigentes nobiliarios piden para prestar ayuda militar contra los benimerines que sus salarios pasen de 600.000 maravedíes.  Don Juan Manuel exigió , además, que sus dominios personales en tierras de Murcia fueran convertidos en un ducado hereditario exento de todo tributo real y que se le permitiera acuñar moneda. Juan Núñez pidió la devolución del señorío de Vizcaya y de los bienes confiscados a sus padres, exigencias que no fueron atendidas por Alfonso XI: los nobles fueron vencidos en 1336 y parece que desde ese momento hay una colaboración entre ellos y el rey.
Todo lo relatado hace que Alfonso Xl pase a la historia como un rey antinobiliario, pero es verdad que el rey era partidario de acuerdos con los nobles.
Para el rey, la milicia no es un simple ejercicio de armas sino que requiere una disposición de animo, una cierta moralidad cuya defensa le lleva a prohibir a quienes integran el ejército los juegos de azar mientras dura el servicio y a prestigiar a los caballeros con la aprobación de leyes suntuarias que tienen ahora una clara intención social.
En las Cortes de Burgos, Alfonso XI ordena la reconciliación de los hidalgos y castiga con pena de muerte la ruptura de la paz; fija el sueldo de nobles, caballeros y peones, señala el tipo de armas que deberán llevar uno y otros, la calidad de los caballos, el tiempo de servicio, es decir, da forma a un verdadero estatuto del grupo militar, que será perfeccionado en 1348 al aprobarse los ordenamientos de Nájera atribuidos a Alfonso VI el Emperador, que son auténticos fueros de nobles.
El punto más importante del estatuto regula los sueldos de los caballeros: por cada mil cien maravedíes que reciban anualmente del rey se comprometen a servirle con un hombre a caballo y otro a pie, pero de la cantidad global hay que descontar la tercera parte que se destina al noble titular. Los salarios fueron actualizados en las Cortes de Alcalá de 1348. la estabilidad social y económica dada al grupo militar pacifico a los nobles e hizo posible campañas contra los musulmanes. La nobleza estará sumisa durante algunos años, pero bastará que la situación económica se deteriore a consecuencia de le peste negra para que vuelvan a intentar imponerse a Pedro I.

PRESIÓN FISCAL Y POLÍTICA EXTERIOR

Los tutores entregan a Alfonso XI un reino en ruinas y controlado por los prestamistas judíos. Surgen protestan alegando que los años son malos y no pueden devolver los préstamos. Las Cortes concretan la petición proponiendo que se perdone la tercera parte de las deudas judiegas y que se aplace el pago de los dos tercios restantes en 18 meses sin aumento de interés. Alfonso XI necesita el apoyo de las Cortes para negociar o enfrentarse a los nobles; el dinero de los concejos tarda en llegar y sólo los judíos pueden adelantarlo.
Si el monarca accede a la petición de las ciudades inmoviliza el dinero judío durante 18 meses y enajenarse la buena voluntad de quienes le han ayudado durante la minoría de edad, por lo que el rey busca un compromiso de las dos partes: se persona la ¼ parte de las deudas y las otras ¾ habrán de ser pagadas en el plazo de un año; quien no lo haga perderá las ventajas del perdón, pero esto no se aplicará en Valladolid, ciudad en la que ha pasado el rey la minoría bajo el amparo de los judíos.
Cuatro años más tarde, la situación económica no había mejorado y de nuevo fue preciso personal la ¼ parte de las deudas y al igual que 1325 puso bajo su protección a los judíos y se negó a aceptar la petición de las Cortes de que ni moro ni hebreo pudieran ser nombrados arrendadores.
En el reino escaseaba la moneda o corrían monedas de Aragón, Portugal y Navarra obtenidas a cambio de la exportación de productos que e veces eran necesarios para la alimentación y para el mantenimiento de la capacidad militar castellana. Se toman medidas relacionadas con los caballos de guerra, quienes quieran andar en bestias, signo de distinción social impedirá que se exporten y como contrapartida acelerará la exportación de mulos y de otros muchos artículos que seguirán saliendo del reino mientras éste no disponga de la moneda necesaria.
Acuñar moneda es una solución pero no hay metal precioso. Alfonso XI fijó el precio de la plata y animó los súbditos a vender, pero el monarca no estaba en condiciones de exigir la venta de la plata a los precios fijados y además, le urgía el dinero que le correspondía por derecho de acuñación, por lo que se vio obligado a confiar la compra de la planta y a vender los derechos de acuñación a los prestamistas judíos
Las consecuencias de esta decisión fueron considerables: los prestamistas exigieron un aumento del 20% en el precio de la plata y para acelerar la recogida rompieron los precios del mercado ofreciendo por los artículos más valor del real. Las medidas aparentemente ruinosas,  produjeron grandes beneficios a los autores: el dinero prestado al monarca se recuperó con los derechos de acuñación. Los perjuicios fueron para la población que se vio privada de numerosos productos y tuvo que pagar los restantes a un precio superior debido al alza producción por la especulación.
También la fijación de los sueldos de nobles, caballeros y peones provocaron aumento de la fiscalidad y de los costes a los que responderán las Cortes en 1339 protestando contra los abusos de los oficiales en el cobro de los impuestos, contra los intentos de la monarquía de establecer un censo de bienes.
Los datos sobre hambres, catástrofes climáticas, subidas de precios, aumento de la presión fiscal son suficientemente expresivos de los problemas castellanos a que aluden las Cortes de 1.345 y 1348. En las primeras los concejos piden, debido al hambre y a las malas cosechas, que se prohíba durante algunos años la exportación de carne y pan,  por su parte, los mercaderes protestan por los impuestos de la alcabala que grava con el 10% el precio de las ventas, más los peajes, pontazgos y otros derechos de transito.
El rey no atiende las peticiones porque tiene empeñados los futuros ingresos por diezmos, alcabalas y derechos de exportación, para pagar el sueldo de algunos caballeros.
Las concesiones a los nobles fueron rentables en el plano militar: dos años después de la concesión del estatuto nobiliario, las tropas castellanas derrotaban a los benimerines en el Saldo y en 1343 vencían a los granadinos; aunque el coste fue demasiado alto para la economía castellana lo que obliga a buscar una salida en la exportación de caballos, muy cotizados en el exterior aunque eran necesarios en Castilla para la guerra. Por esto, las Cortes de 1348 toman medidas en el sentido de quienes tengan determinada cuantía de bienes estarán obligados a tener caballo, y se premia a los caballeros con leyes suntuarias que permiten diferenciarse a las mujeres de quienes tienen caballo de las de quien no lo poseen.
El control sobre la nobleza es posible gracias a la colaboración voluntaria o forzosa de los concejos,  que carecen de fuerza pira oponerse a las peticiones del monarca desde el momento en que desaparece la Hermandad General. Con Alfonso XI se desarrolla considerablemente la política de control de las ciudades a través del nombramiento de corregidores o alcaldes veedores,  hombres del monarca al frente de cada ciudad a pesar de las disposiciones contrarias de los fueros.
Las Cortes de 1348 confirman el triunfo monárquico frente a las ciudades y la política de colaboración y apoyo a la nobleza en la que colaboran los concejos cuando piden que el rey no entienda en las querellas de los vasallos contra el sector, que prohíba la prisión por deudas o la tortura a los hidalgos, petición que Alfonso aceptó con una salvedad importante desde el punto de vista social: se reserva el derecho de encarcelar a los hidalgos que merezcan cárcel por no haber desempeñado el cargo de cobradores o arrendadores de los impuestos porque al aceptar un trabajo que no correspondía a su status renunciaban implícitamente a los privilegios de su grupo social.
Otras manifestaciones de la victoria monárquica y de sus limitaciones pueden verse en implantación del Código de las Siete Partidas: éstas sólo tendrán aplicación cuando ni las leyes promulgadas por Alfonso XI ni los fueros locales sean suficientes para resolver las cuestiones planteadas. Los fueros locales subsisten, pero sólo en las cláusulas tradicionalmente usadas y siempre que vayan contra Dios, contra la razón y contra las leyes promulgados en la Cortes por Alfonso,  que se atribuye el derecho de mejorar y enmendar los fueros.
Los problemas internos condicionan la política exterior: la alianza o los enfrentamiento con Aragón y con Portugal tienden a evitar el apoyo de los monarcas a los nobles rebeldes. Las relaciones con Portugal fueron buenas en los primeros momentos, el abandono de la reina María de Portugal y la unión de Alfonso con Leonor de Guzmán libera al monarca portugués de sus compromisos y le permite apoyar a los nobles rebeldes.
Las relaciones con Aragón se afianzan tras el matrimonio de Leonor con Alfonso el Benigno, pero luego surgirán enfrentamientos: las tensiones entre el heredero de la corona. Pedro el Ceremonioso, y Leonor, interesada en heredar a sus hijos a costa del realengo aragonés, será motivo de enfrentamientos entre castellanos y aragoneses en los primeros años del reinado de Pedro, que apoya a los nobles castellanos; en 1347 surgen nuevos enfrentamientos cuando Fernando, hijo de Leonor, se pone al frente de la nobleza aragonesa y valenciana y reorganiza la unión nobiliaria contra el rey para impedir que éste designe como heredera a su hija,  y todavía en 1356 Pedro el Cruel de Castilla incluirá entre los motivos de desacuerdo con Aragón el trato dado a estos infantes.
Alfonso para conjurar el peligro benimerín pacta con los nobles, aumenta los impuestos, impone su autoridad sobre los concejos y las Cortes y cuando la flota castellana es destruida por los norteafricanos, el monarca castellano pide ayuda a los demás reinos y contrata los servicios de naves y marinos portugueses, genoveses y aragoneses, al mismo tiempo que activa la construcción de galeras. Con ayuda de portugueses y aragoneses, a los que se unieron algunos contingentes de Inglaterra, Alfonso derrotó a los benimerines en el Salado. Poco después gana a los granadinos las plazas de Alcalá la Real, Priego y Benamejí. La victoria junto al río Palmones asegura el predomino castellano en esta zona, pero Alfonso no logró ocupar la plaza de Gibraltar, en cuyo asedio morirá a consecuencia de la peste negra.

REVUELTAS NOBILIARIAS GRANADINAS

Granada no está libre de revueltas nobiliarias semejantes a las de los reinos cristianos. Muhammad III heredó de sus antecesores la alianza con los benimerines y con Jaime II de Aragón contra Castilla, pero Maria de Molina había logrado atraer a los nobles castellanos y conseguía imponer la paz a Granada y formar un bloque castellano-granadino contra aragoneses y benimerines. Cuando Jaime II le entrega las plazas murcianas, renuncia a la guerra y los granadinos pudieron iniciar la penetración en el N de África y ocupan Ceuta que les permitía controlar la navegación por el Estrecho y romper el equilibrio entre las potencias que controlaban sus márgenes. Los nobles granadinos llevan al trono a Nasr en 1309. El soberano firmó la paz con los meriníes y se declaro vasallo de Fernando IV de Castilla, aunque esto no impidió una nueva sublevación que llevara al trono a Ismail.
La necesidad de consolidar la posición castellana mediante una victoria militar llevó a los tutores de Alfonso XI a iniciar las campañas contra Granada, esto no impide que musulmanes y cristianos mantengan unas relaciones que si no son amistosas si son caballerescas. Ya se ha visto que en estos campos murieron los tutores de Alfonso XI, los infantes Pedro y Juan. Fuerte con las victoria obtenidas,  Ismail I consolida su poder en el interior de Granada y, creó un grupo de adictos que aseguró su sucesión en la persona de Muhammad IV contra el que, Alfonso XI intentará resucitar la alianza castellana-aragonesa con el único resultado de forzar la colaboración de benimerines y granadinos hasta la derrota de unos y otros en el Salado y Palmones.

PORTUGAL, CASTILLA Y LA GUERRA EUROPEA

Castilla a pesar de los problemas internos no está al margen de Europa. El comercio en Cantabria es importante y su defensa exige tomar partido en la Guerra de los Cien Años. Franceses e ingleses solicitaron la colaboración de Alfonso y otorgaron numerosos privilegios en sus reinos a los castellanos.
Al final se inclina la balanza hacia Inglaterra. El acuerdo se ratifica mediante alianzas matrimoniales a tres bandas. Juana, hija de Eduardo III, casaría con el heredero castellano,  y el príncipe Negro se uniría a Leonor de Portugal. Estos acuerdos no cristalizaron por la intervención de Pedro el Ceremonioso que se casará con Leonor de Portugal. Por su parte Juana Plantagenet murió de Peste.



Contenido
» Revolución de 1820

» Revolución de 1830

» Revolución de 1848

» 1872-1878. Alianza Alemania, Rusia y Austria-Hungría

» 1879-1887. Alianza Alemania y Austria-Hungría

» 1887-1888. Alianza Alemania y Rusia
» Guillermo II

» El asesinato de Sarajevo

» Congreso de Viena

» Congreso de Aquisgran




 
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