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El crecimiento del gasto como consecuencia de la política imperial

Enormes problemas, fruto de los cuantiosos gastos que ocasionó la política imperial y las guerras sostenidas en ambos siglos. Por un lado, el hecho de que se descubriera América y de allí llegaran importantes cantidades de metales preciosos atrajo a numerosos banqueros y prestamistas europeos que financiaban las necesidades de la Monarquía. La estructura del poder, el sistema de valores y la tradición llevaron a que el reparto de las cargas tributarias fuera extremadamente desigual. El peso más importante de dichas cargas recayó sobre Castilla. Y dentro de sus habitantes, importantes y poderosos grupos no contribuían.

Insuficiencia de los recursos: el endeudamiento

Con la llegada de los metales preciosos no quedaban satisfechas las necesidades crecientes de los monarcas del siglo XVI y se tenía que acudir una y otra vez a arbitrar mayores recursos mediante nuevos impuestos, venta de juros o la obtención de préstamos. Así, durante el reinado de Carlos V, cuyos ingresos anuales eran de 1 a 1’5 millones de ducados, consiguió créditos por valor de unos 39 millones de ducados gracias al crédito de Castilla, y Castilla tenía crédito porque le pertenecían las Indias. Carlos V tuvo que acudir a los banqueros de toda procedencia – españoles, alemanes, flamencos y genoveses –, que sólo le prestaban con la condición de obtener la suma prestada más los intereses a la llegada del primer cargamento procedente de América o con impuestos de la Corona castellana.

El contrato en el que se establecía cada una de estas operaciones se denominaba asiento. Los intereses que se pactaban eran muy elevados, y debido a que en la mayoría de los casos los capitales no se devolvían en las fechas señaladas, la acumulación de los intereses dobló, con frecuencia, el importe de las sumas obtenidas.

En el transcurso del reinado de Felipe II los ingresos de la Corona aumentaron considerablemente, pero lo hicieron a mayor velocidad las deudas contraídas por el monarca.

Fueron enormes los gastos que acarrearon la sublevación de los moriscos granadinos, las guerras con Francia, Países Bajos e Italia, etc. El oro y la plata llegados de América resultaban tan insuficientes como todos los nuevos impuestos que se introducían (excusado, millones, la sisa, subsidio de galeras, etc) o los nuevos tipos a impuestos ya existentes. Se pidió a las Cortes una y otra vez servicios extraordinarios, que éstas concedían, se aumentó el impuesto que gravaba las ventas, se aumentaron los derechos de aduanas interiores y también los impuestos que se pagaban en Sevilla, se incrementaron los derechos de exportación de lana, tanto si lo efectuaban buques nacionales como extranjeros, se pidieron donativos gratuitos a los grandes.

Con frecuencia se incautaron de la plata que con destino a particulares llegaba procedente de las Indias. (1550-1560), reembolsándose a los particulares de los capitales secuestrados, ofreciéndoles juros por valor de los dos tercios de las sumas confiscadas. Se vendieron bienes que habían pertenecido a la Iglesia y las Ordenes militares, señoríos, encomiendas, regidurías, etc.

Felipe II recibió de América alrededor de 14.000 millones de maravedíes, frente a unos 4.700 que llegaron en el reinado de Carlos I.
Todo ello resultaba insuficiente, hasta el punto que en el transcurso de su reinado Felipe II se tuvo que declarar en bancarrota tres veces (1557, 1575 y 1596). Entiéndase por tales el hecho que el monarca suspendía, por decreto, unilateralmente, las consignaciones o promesas de pago que tenía que efectuar a sus banqueros. Al morir, Felipe II dejaba una deuda de unos 100 millones de ducados, es decir, 37.500 millones de maravedíes. Volumen tan enorme en una España cada vez más escuálida, tenía que agravar la desfavorable situación con que se abre el siglo XVII, y las nuevas bancarrotas serían inevitables en 1607, 1627 y 1647, aunque ya en un nuevo panorama presidido por el desorden general en el plano económico. Si antes del déficit de los presupuestos se intentaba salvar con empréstitos, ahora, como veremos, se incurre en el grave error de provocar, sin control, una inflación más que galopante, devaluando la moneda con una alegría incomprensible.

La primera bancarrota, tuvo lugar en el año 1557. La deuda que Carlos I dejó se ha evaluado en unos 6.800.000 ducados y la mayor parte de los ingresos hasta el año 1560 se hallaban de antemano gastados. Además de estas deudas, que se pueden calificar de a corto plazo, estaban las de largo plazo o consolidadas, como la derivada de la puesta en circulación de un gran número de juros, ya que sólo los intereses que debían pagarse por ellos se elevaban a unos 540 cuentos o millones de maravedíes. Ante esta situación, cuando los ingresos ordinarios que se esperaban obtener en los próximos años se hallaban de antemano gastados, nadie quería conceder ningún tipo de crédito.

La crisis de 1557, como todas las operaciones de este tipo, acarreó la bancarrota de algunos banqueros y abrió las posibilidad de que otros se introdujeran en las finanzas de la Monarquía española. A raíz de esta primera crisis de Felipe II, los Fugger, que se habían apoderado, entre otras rentas, de las minas de Almadén y Guadalcanal, perdieron importancia, que ganaron los genoveses. La preponderancia de los banqueros genoveses se inicia alrededor de 1560 y se acentúa a partir del momento en que la ruta de envío de los metales preciosos hacia Europa se hace a través del Mediterráneo, y su preponderancia llegaría hasta alrededor de 1630.

Después de la crisis de 1557, las condiciones y las suerte de la Hacienda no mejoró. Los apuros en 1559 eran enormes. En 1560, se consiguió una serie de acuerdos con los asentistas y así se inicia un período de tranquilidad que duró hasta alrededor de 1568. La sublevación de los moriscos, el progresivo empeoramiento de las relaciones con Inglaterra y, sobre todo, el comienzo de las guerras de Flandes, fueron, entre otros, aspectos que condicionaron notablemente la evolución política de la Monarquía española, sellaron la personalidad de su monarca y fueron arruinando la Hacienda.
Se llegó a una situación límite en 1575, año en que se declaró la nueva bancarrota. Cuando se decretó dicha suspensión se debían más de 17 millones de ducados sólo a banqueros genoveses. Se pretendía sustituir a los banqueros genoveses por los castellanos – Simón Ruiz, Maluenda, Presa, Curiel, Santa Cruz, Cuevas, Salamanca, Ortega, Pedro Ruiz, Bernuy, Orense, Carrión, etc –, que defraudaron por su posterior comportamiento.

La crisis de 1575 acarreó la sublevación de las tropas de Amberes en 1576, donde asesinaron a más de 6.000 de sus habitantes. Se elevan las alcabalas y todo tipo de impuestos, pero resultan insuficientes.

Los asuntos contra Inglaterra pasan a primer plano de actualidad, en el decenio de los ochenta, que culminaría con la Gran Armada. No se logra vencer a los ingleses, ni se pacifica la guerra con Flandes. Y de nuevo, desde comienzo de los años noventa, las dificultades aconsejaron la introducción de nuevos impuestos, hecho que cada vez resultaba más difícil.
En 1596 de nuevo Felipe II se declara en bancarrota, a pesar de las importantes cantidades que los años inmediatamente anteriores habían llegado de América. Fue entonces cuando por primera vez se pidió un donativo voluntario a los particulares para hacer frente a las necesidades de la Hacienda.

En 1598 moría Felipe II sin haber solucionado mínimamente el problema de la Hacienda, heredado de su padre Carlos I, y que dejaba notablemente agravado como consecuencia de su política internacional a su hijo y sucesor Felipe III.

El recurso a manipulaciones monetarias durante el XVII

En el transcurso del siglo XVII se continuaría con la misma línea de efectuar un esfuerzo superior a las posibilidades que le permitían la riqueza y los recursos del interior, con una serie de agravantes. La potencia creciente de Francia, Holanda e Inglaterra contrastaba con la debilidad cada vez más acusada de España, agotada de hombres y recursos y con la posesión de inmensas colonias de las que cada vez recibían menos metales preciosos, que eran el aval del crédito concedido a los monarcas.

El siglo XVII lo llenan, políticamente, los tres últimos Austrias: Felipe III, Felipe IV y Carlos II. Durante estos reinados, la Hacienda vivirá en un desbarajuste continuado, porque arrastra el sistema impositivo heredado y a la vez se producen desórdenes monetario que sumen a la economía en un desconcierto continuado y siembran una progresiva desconfianza de los súbditos de la Corona a las medidas adoptadas por ésta. Además, con objeto de obtener recursos, se procede a efectuar todo tipo de ventas – pueblos, con los que constituyen nuevos señoríos, hidalguías, jurisdicciones, oficios y cargos, perdones de delitos, indultos – hasta extremos difícilmente comprensibles.

Desde un punto de vista general, el siglo XVII no se abre con malas perspectivas, puesto que había remitido la peste de finales de siglo; se dieron una serie de años de buenas cosechas; llegó bastante plata de América y, en conjunto, el reinado de Felipe III, “a pesar de la corrupción administrativa fue recordado con nostalgia”. Si bien es verdad que en estos años no se crearon nuevos impuestos, se comenzó una peligrosa inflación de una moneda fraccionaria que acarrearía serios problemas a la organización económica, porque se abusa de su puesta en circulación y no se guarda una proporción adecuada entre las diferentes monedas para evitar la salida de las de oro y plata.

Debido a que escaseaba la moneda menuda, se dispuso en 1583 que se labrasen reales sencillos, medios reales y blancas. Hasta finales del siglo XVI, cuando se instaló la Casa de la Moneda o “Ingenio de la Moneda” en 1582, no se puso fecha a las monedas.

Al haber escasez de moneda fraccionaria, a finales de siglo se adoptó la medida de labrar moneda de vellón puro, es decir, de cobre sin mezcla alguna. Hecho que al ser protestado llevó a que en 1597 se ordenara poner un gramo de palta por cada marco de cobre. A partir de 1599 se labró mucha moneda de vellón que proporcionaba abundantes beneficios a la Hacienda, puesto que de un marco de cobre transformado en moneda se sacaban cuatro reales de plata, y el coste del cobre más la monetarización era muy inferior. Ingreso saneado que hubiera podido mantener de no haber abusado de las emisiones, ya que la moneda fraccionaria era precisa para atender las necesidades de los pequeños cambios.
Otro factor de importancia fueron las falsificaciones, facilitadas por el hecho de que no se retiró la moneda fabricada anteriormente, de características muy toscas, con lo cual quedó abierto el portillo a través del cual entregarían grandes cantidades de monedas de cobre falso para ser cambiadas por monedas de plata y oro y rápidamente salían hacia fuera.

En 1603 se ordenó a todos los poseedores de monedas de vellón que las entregaran para ser reselladas por el doble de su valor. Es decir, si se entregaban 200 maravedíes, se devolvían 100 resellados con el valor de 200. La mitad, en consecuencia, era para la Hacienda.
Una política monetaria adecuada hubiera aconsejado señalar una proporción tal de valor entre el oro, la plata y el cobre que hubiesen desalentado el intento de salida de las mejores monedas. Las manipulaciones de la moneda se suspendieron hasta 1607, año en que tuvo lugar una nueva bancarrota real.
Se debían 12 millones de ducados y se acordó que se pagarían en un plazo de diecinueve años, con un interés del 5%.
En 1608, además de comprometerse a no acuñar más moneda de vellón, una Real Cédula determinaba el destino que debía darse a la plata procedente de las Indias. Y de 1608 a 1621, en que comenzó el reinado de Felipe IV, los hechos más relevantes se centraron en la expulsión de los moriscos y el comienzo de la guerra de los Treinta Años, en 1618, puesto que con los rebeldes de los Países Bajos se había firmado una tregua de doce años en 1609, a la vez que estaba vigente un tratado comercial con Inglaterra (1604) y otro con la Hansa (1607). Parece que precisamente estos años se acentuó el tráfico de monedas de oro y plata, que se conseguían con monedas de cobre falsificadas que llegaban a la Península de barcos plenamente cargados procedentes de Países Bajos, Dinamarca, Inglaterra y más tarde Italia.

La situación vuelve a ser crítica en 1617 en que, para no acudir a nuevos impuestos o aumentar el tipo de los existentes, el rey pidió a las Cortes que le relevasen de la promesa hecha en 1608 de no emitir más cantidad de dicha moneda. Las Cortes accedieron a la petición, condicionándola a que el total de circulación no excediera de 800.000 ducados. Pero era una limitación inútil, ya que se desconocía la cantidad que circulaba y la gran cantidad de moneda falsificada acababa de ensombrecer el panorama.

El reinado de Felipe IV (¡621-1665) se inició en un decenio de características adversas que culminan con la crisis de 1627-28, en que coinciden dificultades políticas (guerra de Mantua) con intensas dificultades económicas en su doble vertiente de desorden monetario y crisis del campo. Sin haberse recuperado del todo, en 1640 se inicia un período de desórdenes, presionados por la actitud del poder central, para hacer frente a sus necesidades de Hacienda y del Ejército. Las sublevaciones de Portugal, Cataluña, Aragón y Andalucía son capítulos importantes que denotan el malestar en el interior. La batalla de Rocroy, en 1643, se toma como signo de la decadencia española. Las dificultades culminarían a comienzos del decenio de los cincuenta, con hambres, pestes y sublevaciones populares en 1652. Hasta 1665, años de la muerte de Felipe IV, no se dio una auténtica recuperación.

Intentos de solución: devaluaciones y nuevos impuestos y proyectos de reformas fiscales en el siglo XVII

Las dificultades económicas de comienzos del reinado de Felipe IV, en 1621, no se solucionaban ni con nuevas acuñaciones de moneda de vellón, ni con nuevos impuestos como el introducidos sobre la barrilla y la sosa. La poderosa imaginación del conde duque de Olivares, privado hasta 1643, conocedor de la ruda realidad del esfuerzo castellano y de su enorme presión fiscal, acariciaba poner en práctica un proyecto según el cual se repartirían las cargas fiscales con más equidad entre los distintos territorios que estaban supeditados al monarca (Unión de Armas)
Se intentó poner en marcha un plan de austeridad que fracasó. En 1624, al pedir el servicio a los reinos de la Corona de Aragón, se convocan las Cortes en Valencia, Cataluña y Aragón. Las cantidades que se lograron (Valencia y Aragón), después de muchas tensiones, fueron menores a las esperadas. Mientras, para allegar más recursos, se procedió a la venta de cientos de pueblos de Castilla y Andalucía, que perdieron así la cualidad de realengos para pasar a ser de señorío, con lo cual se colmaron muchas aspiraciones de una burguesía enriquecida que así pasaba a consolidar su situación de poderío, ante la indiferencia de los pueblos afectados que mudaban de señor.

Así llega la crisis de 1627, cuando a los banqueros se les prometió que cobrarían con los ingresos que la monarquía obtendría dentro de varios años. Perspectiva que no les merece crédito y se negaron a conceder nuevos préstamos y la Hacienda se declaraba de nuevo en bancarrota, que dañaría seriamente la vida comercial de algunos bancos, a la vez que permitía a otros – en este caso, judíos portugueses – introducirse en las finanzas reales y así aumentar sus influencias.

Al año siguiente, en 1628, se decretó una drástica devaluación, ya que se rebajaba el valor de la moneda de vellón a la mitad, al mismo tiempo que se aseguraba que no se acuñaría más vellón y que se disminuiría la cantidad que circulaba. Al mismo tiempo se decretaron una serie de medidas en que se fijaban tasas de jornales y valor de las mercancías.
El comienzo de los años 30 llegó con la creación de nuevos impuestos y el refuerzo de las ya existentes. Se elevó la media anata, que gravaba a toda persona que hubiera recibido un beneficio eclesiástico, una pensión o un empleo, descontándosele medio año de sueldo. El impuesto sobre la sal, de 1632, que originó disturbios en Vizcaya. Se elevó la transmisión de títulos de Castilla, al igual que el impuesto de lanzas. Se implantó en 1637 el uso del papel sellado en los documentos oficiales. En sucesivas disposiciones se elevó la alcabala 4 veces en un 1%.

Pero todo resultaba insuficiente antes los proyectos todavía imperialistas de Olivares. Se pidieron donativos, que de hecho fueron forzosos, y se dio un golpe definitivo a los juros al disponerse que se quedaban con el 50% del producto de los juros, con lo cual se logró definitivamente que se dejara de tener fe en dichos títulos y ya nadie, voluntariamente, quería suscribir más.

De nuevo en 1649 se incautarían de un millón de ducados procedentes de Indias, contra los cuales se entregaron juros. Con tal esfuerzo un impuesto único que gravara a cada uno en proporción a su fortuna, se obtuvieron recursos para movilizar ejércitos que todavía tendrían en Europa algunas espectaculares victorias, pero el declive de España era evidente.
Así se incrementa el paro, que unos lo canalizan hacia la mendicidad y otros hacia el bandolerismo.

Las sublevaciones de 1640, que finalizarían con la independencia de Portugal, asestaron un gran golpe a la política y a la economía. El esfuerzo de la guerra se financió de nuevo con moneda de vellón. El rey obtuvo permiso de las Cortes para modificar de nuevo el valor del vellón y acarreó un caos enorme. Las piezas variaron de valor en 1642, y de nuevo fueron manipuladas en 1647 y 1652.

La paz de Westfalia, en la que se reconoce la independencia de Holanda (1648), y la guerra contra Francia, que finalizaría en 1659, después del tratado anglofrancés de 1657, que ocasionó enormes pérdidas a la flota y a la riqueza española, sellan los últimos años del reinado de Felipe IV, en el que, quedaba estructurado el sistema financiero que perduraría hasta las reformas del siglo XIX. Los tratados de paz firmados con Holanda, Francia e Inglaterra contenían cláusulas que impedían el que a través de una política aduanera España, pudiera dificultar fuertemente o prohibir la llegada de productos procedentes de dichos países, con lo cual el declive de aquí se acentúa, a la vez que posibilita la mejora, en auge, de las otras potencias. Las medidas tan contradictorias adoptadas no hacen más que agravar la situación.

 

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» Revolución de 1830

» Revolución de 1848

» 1872-1878. Alianza Alemania, Rusia y Austria-Hungría

» 1879-1887. Alianza Alemania y Austria-Hungría

» 1887-1888. Alianza Alemania y Rusia
» Guillermo II

» El asesinato de Sarajevo

» Congreso de Viena

» Congreso de Aquisgran




 
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