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La Ilustración fue también un movimiento
cosmopolita y antinacionalista con numerosos representantes en otros
países.
Desde Francia, la Ilustración se extendió por gran
parte de Europa. En Gran Bretaña apareció una doble
corriente, idealista y empirista, reflejadas en obras como Robinson
Crusoe, de Daniel Defoe(1719) David Hume en Escocia, Kant en Alemania
y Cristian Wolff que hizo un gran proyecto de difusión de
los principios de la filosofía y la ciencia, con una concepción
naturalista y racionalista de la cultura, Cesare Beccaria en Italia
y Benjamín Franklin y Thomas Jefferson en las colonias británicas
mantuvieron un estrecho contacto con los ilustrados franceses, pero
fueron importantes exponentes del movimiento.
La Ilustración penetró tanto en España como
en los dominios españoles de América.
En España, ‘las luces’ penetraron a comienzos
del siglo XVIII gracias a la obra, prácticamente aislada
y solitaria, pero de gran enjundia del fraile benedictino Benito
Jerónimo Feijoo, el pensador crítico y divulgador
más conocido durante los reinados de los primeros reyes Borbones.
Escribió Teatro crítico universal (1739), en nueve
tomos y Cartas eruditas (1750), en cinco volúmenes más,
en los que trató de recoger todo el conocimiento teórico
y práctico de la época.
Durante el reinado de Carlos III, el ‘rey ilustrado’
por excelencia, las obras de los escritores franceses se leían
en español, generalmente en traducciones más o menos
retocadas, pero también directamente en francés.
Fueron muchos los españoles e hispanoamericanos que viajaban
a Francia por motivos de estudio e instrucción, en las artes
y las ciencias y los dirigentes políticos de la época,
conde de Aranda, conde de Campomanes, conde de Floridablanca, duque
de Almodóvar, promovieron y frecuentaron el trato con los
pensadores y filósofos de las nuevas ideas.
Las vías de expresión fueron los periódicos,
las universidades y las florecientes Sociedades de Amigos del País.
Entre los españoles ‘ilustrados’, se puede citar
a Isidoro de Antillón, geógrafo e historiador; Francisco
Cabarrús, crítico y cronista de su tiempo; Juan Meléndez
Valdés, que hizo de la Universidad de Salamanca un polo de
atracción ‘ilustrada’; Gaspar Melchor de Jovellanos,
político y reformador; Valentín de Foronda, embajador
y economista, entre otros.
Durante la primera mitad del siglo XVIII, los líderes de
la Ilustración libraron una ardua lucha contra fuerzas considerables.
Muchos fueron encarcelados por sus escritos, y la mayoría
sufrió persecución y penas por parte de la censura
gubernamental, así como descalificaciones y condenas de la
Iglesia. En muchos aspectos, sin embargo, las últimas décadas
del siglo marcaron un triunfo del movimiento en Europa y en toda
América.
Hacia 1770, la segunda generación de ilustrados recibió
pensiones del gobierno y asumió la dirección de academias
intelectuales establecidas. El enorme incremento en la publicación
de periódicos y libros aseguró una amplia difusión
de sus ideas.
Los experimentos científicos y los escritos filosóficos
llegaron a estar de moda en amplios círculos de la sociedad,
incluidos los miembros de la nobleza y del clero.
Algunos monarcas europeos adoptaron también ideas o al menos
el vocabulario de la Ilustración. Voltaire y otros ilustrados
quienes gustaban del concepto del rey-filósofo, difundiendo
sus creencias gracias a sus relaciones con la aristocracia, acogieron
complacientes la aparición del llamado despotismo ilustrado,
del que Federico II de Prusia, Catalina la Grande de Rusia, José
II de Austria y Carlos III de España fueron los ejemplos
más célebres.
Desde una visión retrospectiva, sin embargo, la mayoría
de estos monarcas aparece manipulando el movimiento, en gran parte
con propósitos propagandísticos y fueron, con mucho,
más despóticos que ilustrados.
A finales del siglo XVIII surgieron algunos cambios en el pensamiento
de la Ilustración. Bajo la influencia de Rousseau, el sentimiento
y la emoción llegaron a ser tan respetables como la razón.
En la década de 1770 los escritores ensancharon su campo
de crítica para englobar materias políticas y económicas.
De mayor importancia en este aspecto fue la experiencia de la guerra
de la Independencia estadounidense (en las colonias británicas).
A los ojos de los europeos, la Declaración de Independencia
y la guerra revolucionaria anunciaron que, por primera vez, algunas
personas iban más allá de la mera discusión
de ideas ilustradas y las estaban aplicando. Es probable que la
guerra alentara los ataques y críticas contra los regímenes
europeos existentes.
Suele decirse que el Siglo de las Luces concluyó con la
Revolución Francesa de 1789, pero no son pocos los que contemplan
e interpretan la inquietud política y social de este periodo
como causa desencadenante de la Revolución. Al incorporar
muchas de las ideas de los ilustrados, la Revolución, en
sus etapas más difíciles, entre 1792 y 1794, sirvió
para desacreditar estas ideas a los ojos de muchos europeos contemporáneos.
El enorme impacto que la Revolución Francesa causó
en España, tras la muerte de Luis XVI, así como en
los dominios españoles de América, provocó
una violenta persecución de las personas más representativas
de las nuevas ideas. Se estableció una censura total y se
cerraron las fronteras, prohibiéndose el paso de todo tipo
de libros y folletos, o su embarque hacia América.
Aunque se produjo un repunte de interés modernizado y progresista
bajo el gobierno de Manuel Godoy con la ayuda de Jovellanos, el
miedo a la contaminación revolucionaria favoreció
la represión más absoluta, tanto en la metrópoli
como en los dominios de la América española. La existencia
de numerosas Sociedades de Amigos del País en los virreinatos
favoreció la implantación y extensión de la
‘ilustración’ en América Latina.
De lo que no cabe duda es que la Ilustración dejó
una herencia perdurable en los siglos XIX y XX. Marcó un
paso clave en el declinar de la Iglesia y en el crecimiento del
secularismo actual. Sirvió como modelo para el liberalismo
político y económico y para la reforma humanitaria
a través del mundo occidental del siglo XIX. Fue el momento
decisivo para la creencia en la posibilidad y la necesidad de progreso
que pervivió, de una forma moderada, en el siglo XX.
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