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Plomo

 

El plomo es un metal que se encuentra ampliamente distribuido en el ambiente, ya sea en yacimientos naturales o debido a su amplia utilización en la industria. Ha acompañado al ser humano desde que se familiarizó en el uso de los metales y se convirtió en el favorito de las civilizaciones antiguas por sus características de ductilidad, de maleabilidad y de resistencia. Desde entonces existen antecedentes de los efectos tóxicos que este metal produce.

El desarrollo de la toxicología del plomo se incrementó con la revolución industrial, en buena medida por el aumento de la incidencia de intoxicaciones agudas provocadas por la explotación masiva de esta revolución. Esta situación coincidió con el mejoramiento de las posibilidades de diagnóstico, asociado a los avances en el conocimiento de la fisiología, de la patología y de la tecnología aplicada a la medicina.

El reconocimiento de la gran cantidad de individuos expuestos y afectados por el plomo fue una de las señales más importantes que dieron lugar a la creación de una conciencia ecologista en los países industrializados en la década de los años 40 y que apenas hoy cobra fuerza en los países en vías de desarrollo, como el nuestro. En la década de los años 50 surgieron las primeras normas para el control de la contaminación y la exposición al plomo, en las que se estableció como el nivel máximo permisivo de plomo en sangre los valores entre 40 y 50 ug/dl, estas normas son ahora más estrictas, de manera que el límite ha venido disminuyendo conforme avanza el conocimiento de la toxicología del plomo, hasta llegar a un valor de 10 ug/dl sin causar daño aparente en niños.

Un problema de salud pública.

Contrariamente a las declaraciones gubernamentales de diferentes países, acerca de que el plomo ya no es un problema ambiental, diferentes grupos de investigación han resaltado el hecho de que sigue representando un importante problema de salud pública. Aún cuando parece ser que se han reducido los niveles de contaminación ambiental con plomo, y por lo tanto las dosis de exposición, los fenómenos de biodisponibilidad y biodistribución característicos del metal provocan que la intoxicación crónica con plomo continúe siendo un problema.

Si bien es cierto que actualmente las intoxicaciones agudas o subyugadas no son tan comunes, ni tan intensas como las de la década de los años 60, la condición subclínica de la intoxicación crónica con plomo ha ganado terreno. Esta condición tiene características de un síndrome no patonogmónico. Es por esto, quizás, que no puede ser diagnosticada, es confundida con muchos otros padecimientos y no se le ha conferido la importancia que realmente tiene. Sin embargo, este padecimiento está cobrando muy cara la indiferencia con la que se maneja el problema.

Diversas agencias estadounidenses de la salud pública han calculado el costo que produce al país el incremento de cada microgramo de plomo por decilitro de sangre en un individuo. Considerando la disminución en la calidad de vida, reflejada en la eficiencia en el trabajo, es posible estimar la disminución de su fuerza productiva, lo que finalmente se traduce en pérdidas económicas para el país. A estos costos debemos agregar los de hospitalización que generará un individuo con infecciones recurrentes e insuficiencia renal como resultado de la intoxicación crónica.

Se ha estimado el costo por cada microgramo de plomo que aumenta en la sangre por arriba de 10 ug/dl en un individuo en $1,147 dólares. Estudios realizados por varios grupos de investigación, entre ellos el nuestro en diversas ciudades de la República Mexicana, proporcionan un panorama, son valor epidemiológico, de la situación de nuestra población; más del 30% de los individuos de las poblaciones estudiadas presentan una cantidad de plomo en su sangre por arriba de los 10ug/dl. A pesar de que estos datos son aproximados, todo parece indicar que el problema tiene magnitudes insospechadas.

En los países en vías de desarrollo se presume que el problema con el plomo se ha erradicado; sin embargo, las agencias de salud de los países industrializados lo siguen considerando como un problema prioritario de salud pública, a pesar de que prácticamente no hay individuos con más de 10 ug/de y de que se cuenta con rigurosos sistemas de control de exposición, así como de diagnóstico ambiental.


Absorción, Distribución y Redistribución del Plomo en el Organismo.

El plomo puede formar sales inorgánicas y orgánicas. Las sales inorgánicas se forman cuando el plomo tiene una valencia de +2, mientras que en las sales orgánicas su valencia puede ser además de +4. Una vez en el organismo, las sales son transformadas a plomo +2 y en esta forma el plomo es capaz de competir con el calcio y con otros camiones divalentes de importancia fisiológica.

El plomo ingresa a un organismo básicamente por la vías digestiva y respiratoria aunque, eventualmente y bajo ciertas condiciones, también puede ser absorbido por la piel. Una vez en el organismo se distribuye por medio de la sangre al resto de los tejidos, preferencialmente hacia el hueso, que es muy resistente al plomo. El tejido óseo en realidad constituye un órgano, ya que retiene una buena parte y por lo tanto la cantidad de plomo disponible es mucho menor. El resto del plomo se distribuye a otros órganos, tales como el cerebro, el riñón, la médula ósea y el hígado, algunos de los cuales se dañan aun con bajos niveles de plomo, lo que los convierte en órganos blanco.

Solamente una proporción del plomo circulante puede ser excretado; la principal vía de excreción es la urinaria, mientras que una proporción más pequeña puede desecharse por los fluidos de secreción gastrointestinal, de manera que la mayor parte del plomo que se encuentra en las heces es plomo que no fue absorbido por la vía digestiva. También es posible eliminar una pequeña cantidad de plomo por las células que se descaman en la piel, en el pelo y las uñas, y existen algunas condiciones fisiológicas que permiten que el plomo pueda ser excretado por otros fluidos, como la leche materna.

Aun cuando existen diferentes vías de excreción, la relación absorción/excreción siempre es mayor a al unidad; esto se traduce en acumulación de plomo en el organismo. Se estima que el tiempo necesario para que una persona expuesta a bajas dosis de plomo elimine completamente ese metal de sus tejidos es de 20 años a partir de que cesa la exposición.

A pesar de que una parte importante de la permanencia del plomo en el organismo podría atribuirse a al deferencia entre la absorción y la excreción, también podría explicarse por la gran afinidad que muestra el plomo por las células y por los tejidos, como resultado de su interacción con macromoléculas.

El plomo posee una elevada afinidad por las proteínas, a las cuales se puede unir por tres mecanismos: (1) la interacción con sitios estereoespecíficos que constituyen los sitios de unión natural de los metales divalentes de importancia biológica; (2) la interacción electrostática, en dominios con alta densidad de carga negativa; (3) la interacción covalente con grupos sulfhidrilo vecinales, con los cuales forma mercáptidos. Como resultado de la unión del plomo con las proteínas se presentan alteraciones estructurales y funcionales de esas macromoléculas, responsables de los principales fenómenos fisiopatológicos de este tipo de intoxicación.

Otro tipo de macromoléculas que pueden sufrir daños estructurales y funcionales a consecuencia de la unión del plomo son los ácidos nucleicos. En concentraciones elevadas el plomo puede ser mutágeno; sin embargo, si estas concentraciones se presentaran en un organismo antes de ocurrir la mutagenicidad, el organismo moriría por los daños renales, hepáticos y de sistema nervioso. No obstante, hasta el momento no se ha demostrado que el plomo pueda ser carcinogénico a las concentraciones que causan intoxicación crónica y existen dudas sobre su capacidad teratogénica.

El plomo puede además interaccionar con los lípidos, básicamente con los fosfolípidos de las membranas y particularmente con aquellos que poseen carga negativa; pero el problema principal no resulta de la interacción entre ellos, sino de la posibilidad de inducir lipoperoxidación. Solamente a concentraciones elevadas, el plomo es capaz de inducir por si mismo lipoperoxidación; sin embargo, en dosis bajas puede producirla si están presentes grupos hemo libres o hierro. Debido a que la intoxicación crónica con plomo induce el incremento de la concentración de ácido delta-aminolevulínico, de protoporfirinas eritrocitarias libres, de grupos hemo libres y de hierro libre, aún a bajas concentraciones del plomo puede tener un efecto oxidativo.

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