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Alimentacion
en el anciano |
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Numerosos hechos prueban la relación existente
entre la alimentación y el proceso de envejecimiento.
El estado de salud física y mental de las personas ancianas
depende en parte de la forma de alimentarse
durante la vida adulta e incluso durante la infancia.
Las condiciones de la vida familiar, social, profesional y el estatus
económico influyen sobre el
comportamiento alimentario. Es por eso que las relaciones entre
la alimentación y la salud deben
considerarse de forma multidisciplinaria.
La frecuencia de enfermedades crónicas, que modifican las
condiciones metabólicas o de tratamientos, que
imponen medidas dietéticas y terapéuticas, se acentúan
con la edad, lo que justifica una atención particular a las
condiciones de alimentación.
La malnutrición, tanto por carencia como por exceso, se observa
a menudo en esta etapa de la vida. Por ello es preciso insistir
en que los hábitos alimentarios a lo largo de la vida pueden
modelar la calidad e incluso la duración de la misma.
Existen claras diferencias entre la morfología
y composición corporal de los organismos jóvenes y
los de las
personas ancianas. Estos cambios se producen con el paso de los
años y a un ritmo muy diferente para unos u otros influyen
tanto los factores genéticamente determinados como los ambientales
y es por este motivo que cuando los mencionamos no nos podemos referir
concretamente a ninguna edad determinada, ya que a unos les llegan
antes que a otros todos estos cambios y limitaciones fisiológicas.
Variaciones de peso y talla: La talla disminuye un centímetro
por década, como media, a partir de la
edad adulta, mientras que el peso aumenta en general entre los 40
y los 50 años, luego se estabiliza y decrece a partir de
los 70. Es preciso, por ello, no aplicar las tablas convencionales
de peso para los ancianos.
Variaciones de la composición corporal: El capital y porcentaje
de «masa magra» disminuye con el paso de los años,
mientras que aumenta el de «masa grasa». Un hombre puede
llegar a perder 12 kilos de masa
magra entre los 25 y los 70 años, manteniendo a veces el
mismo peso global.
Funciones digestivas y utilización celular de nutrientes:
Son buenas si los ancianos no tienen alguna
enfermedad asociada, ya que aunque disminuyen, los adultos tienen
estas capacidades muy por encima de las necesarias para cubrir las
necesidades nutritivas.
Metabolismo basal: Disminuye lentamente con el envejecimiento. Este
fenómeno se explica por la
disminución de la masa magra y de la renovación proteica,
ya que el metabolismo basal está íntimamente
ligado a las posibilidades anabólicas. Esta reducción
conlleva una reducción de las necesidades energéticas.
Actividad física: La eficacia frente al trabajo físico
y la capacidad aeróbica, expresada en términos de
consumo máximo de oxigeno, disminuyen con la edad para ambos
sexos. Debe insistirse en la necesidad de que el anciano mantenga
una actividad física moderada. Es preciso buscar motivaciones
para que el anciano se mueva, simplemente ande o haga cualquier
actividad en función de lo que su capacidad le permita: se
dice que «moverse es luchar contra la muerte». La relativa
inactividad física acelera la pérdida de masa magra
y de calcio óseo, reflejado en las pérdidas urinarias
cálcicas y en un metabolito: la 3-metil-histidina, que es
la demostración del catabolismo proteico muscular.
La alimentación del anciano es algo más
que la ingestión de alimentos, será un vehiculo para
nutrirle,
mantenerle bien tanto física como psíquicamente y
también para proporcionarle placer y distracción,
a veces
la única que puede tener. Por ello, antes de mencionar las
necesidades nutricionales y los alimentos
que las pueden cubrir, valoramos una serie de factores tanto o más
importantes que la propia alimentación:
Valoración de los hábitos alimentarios adquiridos
a lo largo de la vida, con el fin de no cambiarlos si no existe
una patología que lo justifique.
El estado emocional y la salud mental son elementos determinantes
en esta etapa para asumir las
recomendaciones dietéticas y de cualquier tipo que se le
sugieran.
La capacidad de hacer vida social. Es bueno buscar compañía
para comer. Comer solo es sinónimo de
comer mal o hacer menús desequilibrados.
Grado de actividad y posibilidades de mantenerla en algún
nivel. Luchar contra el sedentarismo mejora la evacuación,
los niveles cálcicos y proteicos y ayuda a abrir el apetito
a los ancianos
anoréxicos.
Peso: Es necesario vigilar el sobrepeso porque produce problemas
en los ancianos. Pero es diferente un anciano «gordo»
que otro que va engordando. Si es obeso hace años se debe
frenar la obesidad y
hacerle adelgazar un poco, pero no exageradamente porque P0driamos
ocasionar otros problemas.
Digestiones: Proponer comidas de fácil digestibilidad para
mejorar la capacidad de absorción de
nutrientes.
Apetito: Debe mantenerse para hacer una ingestión adecuada.
Se deben buscar alicientes para
estimularlo, por ejemplo, gran variedad de menús, presentación
atractiva, comidas no muy abundantes
pero si bien repartidas. Por el contrario, si el apetito es exagerado
(a veces a causa del aburrimiento), también las distracciones
colaboran a paliarlo.
Dentadura: Debe mantenerse en buenas condiciones higiénicas
y mecánicas. Cuando existan problemas dentarios y de deglución
puede recurrirse al cambio de consistencia de la alimentación,
haciéndola blanda o triturada según convenga.
Insomnio: Se combatirá mediante la actividad física
y la terapia ocupacional. A veces una infusión o
alguna bebida caliente antes de acostarse ayudan a conciliar el
sueño, evitando los fármacos si no son
precisos. Deben evitarse las bebidas estimulantes.
Por último, es preciso valorar las posibilidades de enfermedades
reales o potenciales y el estado de
salud en general al hacer recomendaciones alimentarias.
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