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El reinado de la Casa de Austria duró dos siglos, desde 1517 a 1700. Período que queda cubierto por los reinados de Carlos I (1517-1556), Felipe II (1556-1598), Felipe III (1598-1621), Felipe IV (1621-1665) y Carlos II (1665-1700). Durante estos prácticamente dos siglos, España llegó a ser un Imperio de extraordinarias dimensiones, cuya conservación obligó a extraordinarios gastos. A ello debe unirse la decisiva importancia que para los acontecimientos de los diferentes reinados tuvo el hecho de que España se colocara voluntariamente al frente de la Contrarreforma, ya que ello le llevó a participar en las guerras de religión que sacudieron Europa durante los siglos XVI y XVII. Ambos fenómenos reclaman un esfuerzo fiscal extraordinario que pesó sobre toda la Península.
Al comenzar el siglo XVII, los signos de dificultades eran evidentes: debilitamiento de la industria, disminución de la población, pérdida del valor de la moneda, repetidas suspensiones de pagos a los banqueros reales, colapso de la vida administrativa, etc.

2.1. – LA POBLACIÓN ESPAÑOLA EN LA ÉPOCA DE LOS AUSTRIAS.

2.1.1. – Número y distribución.

A finales del siglo XVI la población de España se elevaba, aproximadamente, a unos ocho millones de personas, de las cuales más de seis correspondían a la Corona de Castilla (Galicia, Asturias, Santander, Meseta norte, Castilla la Nueva, Albacete, Extremadura, Murcia y Andalucía actual), mientras que la Corona de Aragón (Valencia, Cantabria, Aragón y Baleares) sólo reunía 1.335.000 y, por último, Navarra, las provincias vascas y Canarias totalizaban unos 400.000. En consecuencia, la Corona de Castilla, albergaba las tres cuartas partes de la población española.
La población era eminentemente rural. Las tasas de natalidad eran muy altas, pero las catástrofes naturales y humanas reducían de manera sorprendente el posible crecimiento de la población. La mortalidad infantil era enorme, y las hambres, pestes y guerras se sucedían con frecuencia, aunque con desigual intensidad.
Durante esta época de los Austrias, fueron varios los años en que tuvo lugar una sobremortalidad y, quizá para señalar sólo dos momentos, habría que citar en especial las epidemias de 1597-1601 y de 1647-1651.

2.1.2. – Efectos demográficos de la expulsión de minorías religiosas

La expulsión de los judíos decretada en el año 1492 por los Reyes Católicos afectó a unas 150.000 personas. Pérdida que se compensó con el incremento de súbditos que comportó la conquista del reino de Granada. Tendría que pasar más de un siglo para que se produjera una nueva e importante expulsión, la de los moriscos, en 1609, acontecimiento en el que se mezclaron elementos de tipo político y religioso. Aunque no se decretara hasta dicho año, desde 1602 estaba decidida. Había fracasado su conversión y presentaban un claro peligro político, apoyado por su localización geográfica, centrada, sobre todo, en la zona de Levante, donde permanecían en contacto y prestando auxilio a corsarios y piratas musulmanes, beréberes y turcos. Se les acusaba de que aumentaban enormemente porque se casaban, no dedicándose ninguno a la carrera eclesiástica; de que en el ejército eran espías; de que monopolizaban las artes y el comercio, y de que, por su frugalidad, los impuestos sobre carne, vino, etc, recaían sólo sobre los cristianos.

En total se expulsaron de España unas 300.000 personas, de las cuales alrededor de 120.000 lo fueron en Valencia. En el orden económico, las consecuencias serían importantes. Además del descenso demográfico, difícil de remontar, se resintió toda la vida económica. Extensas zonas quedaron descuidadas, si no abandonadas; hubo una importante pérdida de censos (rentas agrarias) que los moriscos pagaban, con la consiguiente disminución de ingresos de señores laicos y eclesiásticos.

La expulsión iniciada en Valencia se fue decretando, con pequeñas variaciones, a las otras regiones: Castilla, La Mancha y Extremadura.


2.2. – ESTRUCTURA ESTAMENTAL DE SOCIEDAD.


2.2.1. – La nobleza y sus privilegios.

Una característica relevante del antiguo régimen es la existencia de dos grupos sociales de privilegiados sancionados por la ley: la nobleza y el clero.

Los nobles disponían de una serie de privilegios: derecho a elegir la mitad de los cargos de los municipios, preferencia en actos públicos frente a los plebeyos, derechos preferentes para ejercer la caza. En lo tocante a impuestos, estaban exentos de pago, ya que los nobles e hidalgos aportaban en la organización de la vida del Estado su dedicación a las armas para defenderlo, de la misma forma que el clero contribuía al buen orden del reino con sus oraciones. En consecuencia sólo pagaba el hombre plebeyo, general o llano, que se dedicaba a trabajar y pagaba con tributos o pechos. En el orden penal, los privilegios continuaban al disponer de cárceles distintas, no poder sufrir ciertos tipos de castigos y no poder ser encarcelados excepto por deudas, salvo si eran al Fisco, etc.

En la jerarquía nobiliaria se hallaban en primer grado los Grandes de España. Al constituirse este grado en 1520, sólo 25 linajes tenían dicho título – Alba, Medinaceli, Medina Sidonia, Infantado, Frías, Villena, Gandia, etc. Todos ellos poseían enormes extensiones de tierra, recibían el nombre de primos del rey y podían cubrirse permaneciendo en su presencia. A los Grandes les seguían los títulos compuestos, asimismo, de condes, marqueses, etc., y fundamentalmente se distinguían de los Grandes de España porque no podían titularse primos del rey, sino sólo parientes, puesto que en posesiones de fincas y bienes muchas veces no había diferencia.
Las siguientes escalas de la nobleza las constituían los caballeros y los hidalgos. Los caballeros solían disponer de ingresos suficientes para poder vivir notablemente, lo que es sinónimo de vivir sin realizar trabajo con las manos.

Los hidalgos, en principio denominación genérica a todos los nobles, se fueron reduciendo para designar a los de categoría inferior, con poca o ninguna fortuna, y muchos de ellos quedaron reducidos a una forma de vida rural.

Nadie quería ser plebeyo. Se da una exaltación del espíritu de clase que no beneficia en nada a la vida económica porque el ideal principal de toda persona acomodada era el de vivir de renta o fundar un mayorazgo.

a) El mayorazgo como forma de propiedad privativa de la nobleza

El mayorazgo consistía en que una cantidad determinada de bienes se apartaba del orden normal de sucesión, y dichos bienes quedaban vinculados a un orden sucesorio especial, que recaían notablemente en la primogenitura, con lo cual se evitaba la descomposición del patrimonio que servía de sostén a la familia propietaria del mayorazgo.
La sociedad reconocía los mayorazgos una manifestación de distinción y riqueza.
Así, se generalizó el intento de que los apellidos quedaron perpetuados a través de la constitución de mayorazgos, más o menos importantes según la posibilidad económica del que lo instauraba.
Fruto de ello fue que surgieron fuertes desigualdades entre el hijo que recibía el mayorazgo y los otros, que formaban parte de los no favorecidos por esta institución y se conocieron con el nombre de segundones y que pasaron a engrosar las filas de los dedicados a la milicia o a la carrera eclesiástica, profesiones vinculadas, en muchos casos, a la nobleza y que recogían a muchas de las personas precedentes de familias nobles a los que no les correspondía el mayorazgo.

b) Distribución geográfica de la nobleza

En el centro y sur de España se hallaban los nobles más ricos y poderosos. En el Norte, en general, había mucha pequeña nobleza. Sólo en la franja cantábrica se hallaban la mitad del total de hidalgos de España. En Aragón también predominaba la pequeña nobleza en las figuras de los infanzones aragoneses o los barones catalanes. También existía una poderosa nobleza, similar a los grandes de Castilla, formada por los ricos-hombres aragoneses.
A partir de las Cortes de 1538, celebradas en Toledo, dejó de existir una institución u órgano que les mantuviera unidos y que les permitiera, por tanto, ejercer presión interna sobre el monarca. Progresivamente, la nobleza se hizo cortesana, y en contraprestación recibieron nombramientos y concesiones importantes, además de continuar estando exentos del pago de casi la totalidad de los impuestos existentes.
El dinero pasa a ser progresivamente el gran motor efectivo de ascenso. Los que se enriquecían, procedentes del estado llano, procuraban ascender a hidalgos. Los hidalgos que podían, pasaban a caballeros. Los caballeros, a títulos, y los títulos a Grandes.
Ante las enormes dificultades financieras de la monarquía, no era difícil convertirse en señor de vasallos. Carlos V limitó a 25 el número de Grandes y a 35 el de títulos. En el siglo XVII, sólo Felipe IV creó 118 títulos, y Carlos II le superó limpiamente al otorgar durante su reinado 295.

c) La nobleza y los señoríos

En el transcurso de esta época existían en Castilla diversos tipos de señoríos. Fundamentalmente eran tres:
• Señoríos solariegos: el señor se considera dueño de las tierras comprendidas en el término.
• Señorío solariego y jurisdiccional: los señores no tenían tan amplios derechos sobre las tierras como en los solariegos.
• Señorío jurisdiccional: los señores no poseían la tierra, sino que el rey les otorgaba el privilegio de gobierno y cobro de las rentas e impuestos que los vecinos pagaban al monarca. Se da más en Aragón.

La nobleza nueva, sobre todo la surgida en el transcurso del siglo XVII, solían tener señoríos jurisdiccionales y, sobre todo, era poseedores de juros y censos. La nobleza más antigua, en general, era la poseedora de los señoríos solariegos, y sobre los habitantes de dichos territorios tenía muchos derechos, recibía numerosas prestaciones y percibía muchos tributos.

2.2.2. – El clero

Menos numeroso que el estamento noble, pero de extraordinaria importancia, fue el clero, institución que gozó de una gran consideración social y su peso fue de singular relieve en la vida política, en una España que se erigió en la defensora máxima de la cristiandad. Fueron en gran medida los ideales religiosos los que llevaron a la España de los Austrias a las ininterrumpidas guerras contra los herejes y los infieles, ya fueran luteranos o calvinistas, en el centro o norte de Europa, o turcos en el Mediterráneo. Guerras que absorbieron todos los recursos del país y lo dejaron progresivamente agotado a comienzos del siglo XVII.
A finales del siglo XVI había en Castilla alrededor de 75.000 religiosos. El formidable poder económico y social del clero atraía a muchas personas que abrazaban dicho estado.

a) Importancia del patrimonio eclesiástico amortizado

Las donaciones y cesiones que le hacían eran importantes, y junto a la ordenada economía que la mayoría del clero llevaba al crecimiento de manera ininterrumpida del patrimonio de la misma, aumentando la propiedad amortizada (aquella que no puede ser enajenada o vendida), situación ante la cual no se tomaron severas medidas.
Los monarcas realizaron intentos para incorporar a la Iglesia en un plano de igualdad al resto de los vasallos, logrando obtener alguna que otra contribución, y vendieron pueblos y encomiendas de las Ordenes militares y posesiones de iglesias, mitras y monasterios.

b) Contribución del clero a la Hacienda

Felipe II obtuvo del clero – siempre con las debidas licencias y autorizaciones pontificias – algún subsidio: el impuesto del excusado (consistente en que el vecino de cada parroquia que pagaba mayor cantidad de diezmos, en vez de pagarlos a la Iglesia, los entregaba a la Hacienda real, es decir que dicho vecino quedaba excusado de entregar la cantidad a la Iglesia, aunque debía hacerlo a Hacienda).
Felipe II también logró que la Iglesia contribuyera al impuesto de millones. Y por el subsidio de galeras, la Iglesia entregaba una cantidad determinada, a partir del año 1561, para sostener la Armada contra moros y turcos.
La lucha llevada a cabo contra la Reforma protestante ayudó a crear un clima favorable al crecimiento del clero; algunas Ordenes se reformaron (Trinitarios y Mercedarios Descaldos, Agustinos Descalzos, Recoletos Franciscanos, etc) y se crearon varios nuevos, como los Teatinos (1629) , Capuchinos (1578), Escolapios (1597), etc. Y de una manera particular, a la Compañía de Jesús, que contribuyó a defender activamente al Papa y a la unidad de la Iglesia, fundada por Iñigo de Loyola (1491-1556).

De la misma forma que la nobleza, el clero disponía de una serie de inmunidades. La económica, en virtud de la cual la Iglesia no debía pechar. En los siglos posteriores, dichos intentos continuarán: sólo con algún éxito en el siglo XVIII, y de una forma revolucionaria en el transcurso del XIX, ya que el Estado se incautaría de todos los bienes del clero regular y secular.

La inmunidad, persona, prohibía a las autoridades civiles juzgar a personas eclesiásticas. Y una inmunidad local, que prohibía a las autoridades civiles prender al que se refugiase en un lugar sagrado; era el derecho de asilo, que fue fuente continua de problemas, porque servía para refugiar muchas veces a personas sobre las que pesaban graves culpas.

2.2.3. – Los “pecheros” o Estado llano.

El resto de los hombres libres que no formaban parte de la nobleza, en ninguno de sus grados, eran los plebeyos, pecheros o gentes del Estado llano. Eran los que, en general, no estaban exentos del pago de tributos.
Los sectores más bajos los constituían los jornaleros o peones, que generalmente vivían de los trabajos que les salían y que casi siempre eran eventuales
Respecto a la esclavitud se seguía el viejo principio de que “el parto sigue al vientre”, es decir, que los hijos de esclava lo pasaban a ser por el hecho del nacimiento.

a) Los extranjeros: su papel en la economía española

La importancia de los extranjeros en la vida económica es indudable. Cuando en el siglo XVII se expulsó a los moriscos, este hecho motivó que entraran extranjeros para cubrir en parte los puestos que dejaron en las actividades económicas que desempeñaban. A mediados y finales del siglo XVII, la progresiva paralización de la vida económica incita a que se propicie su venida. Así, por ejemplo, en 1679 se dio una ley fomentando la inmigración de trabajadores extranjeros.

Mientras en España ha cuajado un tipo de mentalidad que desprecia el trabajo manual, porque se aspira a formar parte de algún estamento social – noble o eclesiástico – donde se considera que el trabajo manual es inferior; en el extranjero, es decir, en Europa, se fue desarrollando una concepción distinta de los fines del hombre y del Estado, donde el trabajo manual, ejercitado de una manera continuada, sólo reporta beneficios, tanto en el orden individual como en el colectivo. Así fue surgiendo el poderío de Holanda, Inglaterra y Francia.

2.2.4. – Reflejo de la estructura social en la estructura de la propiedad.

La estructura del poder y la distribución de la propiedad rústica guardaban un perfecto paralelismo. Los grandes propietarios eran la Iglesia y la aristocracia, en primer lugar.
Como denominador común en ambos, no explotaban al máximo sus propiedades y, sobre todo, en el caso de la Iglesia, cedían las tierras en arrendamientos a largo plazo y a bajo coste y trataban al campesino, en general, con benignidad, sobre todo en años de malas cosechas.

Además de la aristocracia tradicional y la Iglesia, también eran propietarios de importancia la alta burguesía urbana y los campesinos enriquecidos, y ambos constituían los denominados en los documentos de la época, poderosos.
En Galicia, la mayor parte de la propiedad pertenecía a monasterios y nobles, que la cedían a los campesinos por cantidades módicas y tiempo indefinido, y esta cesión se conoce con el nombre de foro.

En general, se practicaba un tipo de agricultura con el que se pretendía obtener recursos suficientes para atender a una simple subsistencia; en los años de malas cosechas, debido al aislacionismo de su geografía y a los medios de transporte, tuvieron lugar terribles hambres.

2.2.5. – Incidencia de las creencias y la mentalidad en la economía española de los siglos XVI y XVII: el ideal de la nobleza como aspiración de la sociedad española de los Austrias.

Difícilmente se puede comprender la economía española de los siglos XVI y XVII si se prescinde de la religiosidad que se halla impregnada en la conciencia social de la población. Salvar el alma y vivir para ello, vivir conforme a las normas de la Iglesia, era una gran y constante preocupación para la mayor parte de la población.

Consecuencia de la importancia atribuida a la religiosidad fue la exigencia de la “limpieza de sangre” (no tener antepasados ni judíos, ni musulmanes, ni herejes) para acceder a instituciones de la más diversa índole, desde el Santo Oficio a colegios, Universidades y gremios, así como para desempeñar cargos públicos en los municipios o la Corte.
Junto a estos aspectos hay que tener en cuenta la actitud frente al trabajo manual. El ideal de vida de la mayoría de la población estaba en el noble, cuya ocupación básica está en torno a las armas y no necesitaba trabajar para vivir. Al mismo nivel se consideraba a las personas que entraban a formar parte del clero.

En el año l570, en pleno reinado de Felipe II, las Cortes de Castilla pedían que en las ciudades que tuvieran voto en Cortes no pudiera ser regidor ni tener voto en el ayuntamiento ningún hombre que no fuera hidalgo de sangre y limpio, ni ninguno que hubiera tenido tienda pública de trato y mercancía.

Todo ello llevaba al desinterés por el conocimiento empírico, la técnica y la experimentación y, en definitiva, a un descuido u olvido en el fomento de la riqueza nacional.

En el siglo XVII se iría produciendo un cambio de estos planteamientos. Ya en 1622 un dictamen del Consejo de Ordenes disponía que para bien y utilidad del reino era compatible la nobleza con el ejercicio del comercio.


2.3. – LA COYUNTURA ECONÓMICA EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XVI.

Conviene recordar que durante los siglos XVI y XVII, Aragón, Cataluña y Valencia eran Estados distintos, aunque su rey fuera el mismo que el de Castilla. Las Cortes eran distintas a las de Castilla, era distinta la moneda y existían aduanas entre los distintos territorios. Castilla era otro Estado, que agrupaba o comprendía Andalucía, Murcia, Extremadura, las dos Castillas, Navarra, León, Asturias, Galicia y las Vascongadas – con sus singularidades forales – .
Respecto a Castilla, se da una fase de expansión desde 1450 a 1580 y a partir de esta fecha se inicia una depresión que se prolongaría por lo menos hasta 1650.
Los factores impulsores fueron los siguientes:
• Crecimiento demográfico general
• Crecimiento de la población en la Corona de Castilla superior a la media
• Urbanización creciente: la población urbana crece más que la media: Sevilla, Palencia, Guadalajara, Zamora y Madrid, llegaron a doblar la población a lo largo del siglo XVI. Este crecimiento de población se traducía, naturalmente, en una mayor demanda de productos agrarios y manufacturados con destino a los dinámicos núcleos urbanos.

Existe una elevación de precios durante el siglo XVI, debido a la llegada de metales preciosos del Nuevo Mundo. Los precios que más suben son los agrarios, y especialmente los de los cereales. Ello redunda en la mejora de la renta de la tierra.
Por otro lado se da una evolución de la demanda exterior. En primer lugar, la demanda americana, mayoritaria en productos manufacturados.

Durante la primera mitad del siglo XVI, los territorios de la Corona de Castilla intentan por diversos medios responder al reto que le plantea el nuevo inmenso mercado. Pero la presión de las guerras y la irresponsable manera de financiar el déficit público que utiliza la Corona hace insostenible un crecimiento económico a largo plazo (a decir, guerras interiores: comunidades, de 1519 a 1521, germanías (1521-1523), en Valencia y Baleares; y las guerras con Francia, de 1520 a 1556, con las treguas de 1529 a 1535, de 1538 a 1541 y de 1544 a 1552. Dichas guerras exigieron movilizar una cantidad ingente de recursos.

En conjunto, la economía durante el reinado de Carlos I fue próspera. El incremento de la población y la colonización americana constituyeron excelentes incentivos para el incremento de la producción en la agricultura y en las manufacturas. Pero, tanto el incremento de la demanda como la llegada de grandes cantidades de oro y plata procedentes de América, propiciaron una subida de los precios de los productos agrícolas e industriales, que perjudicaba, lógicamente, la economía de los súbditos de la Corona, que se quejaban insistentemente del precio que alcanzaban muchos productos. La acción del gobierno se encaminó a atender sus peticiones.

En 1539 se estableció una tasa sobre el precio del trigo, limitando así la subida de los precios. Pero esta medida desincentivó a los productores; además, esta medida no impidió que los precios de otros productos agrícolas no sometidos a regulación continuasen aumentando. Existen constantes quejas respecto a la evolución de los precios de los tejidos. Las Cortes reaccionaron prohibiendo la exportación de paños, excepto a América (1548) y autorizando la importación de paños extranjeros (1552). Estas medidas llevaron inmediatamente a la depresión de la industria textil, y poco después, antes de 1560, fue necesario levantar la prohibición de exportar.


2.3.1. – La coyuntura de Felipe II.

La evolución de la economía bajo el reinado de Felipe II (1557-1598) se halla fuertemente condicionada por la personalidad del monarca y su política de apoyo a ultranza de la causa de la Iglesia católica.
A diferencia de sus sucesores, no hizo dejación de su poder, lo quiso controlar todo personalmente, con lo cual ahogó y coartó muchas iniciativas de los distintos estamentos del aparato burocrático.

Su política se centró en la defensa del catolicismo. Ello le llevó a intervenir en diferentes zonas desde el Mediterráneo al mar del Norte. En el Mediterráneo se dirimía el conflicto frente al Islam, personificado en el potente Estado creado por los turcos otomanos. Para frenar su expansión, Felipe II encabezó una alianza que bajo la protección del Pontífice aglutinó junto con España a Venecia y Malta. Se armó una potente escuadra, que se encontró el 7 de octubre de 1571 con la armada turca en las aguas del golfo de Lepanto.
La victoria frente a los turcos frenó la amenaza islámica en el Mediterráneo, que en adelante quedó limitada a actos de piratería. En 1577, Felipe II, volcado ya en los asuntos del Norte, estableció un pacto con el sultán, que se repitió en años posteriores.
El otro frente de la política exterior de Felipe II iba dirigido a frenar la expansión del protestantismo.
La sublevación de los Países Bajos (1559-1598) fue una guerra cara, que no finalizó completamente hasta el reconocimiento de la independencia holandesa en 1648. El problema de los Países Bajos se complicó con el apoyo prestado por Inglaterra a la sublevación de estos territorios.

Inglaterra practicó una política de hostilidad creciente hacia España protegiendo veladamente actos de piratería contra las flotas españolas en el Atlántico y suministrando recursos y apoyos a los protestantes de los Países Bajos. La decapitación de María Estuardo, reina católica de Escocia, en 1586, aceleró el enfrentamiento. En 1588, Felipe II organizó una gran escuadra con la misión de invadir Inglaterra. Dicha escuadra estuvo integrada por 130 buques y 30.000 hombres, de los que sólo regresaron 60 buques y 10.000 hombres, cifras que dan idea del descalabro sufrido.
Estos conflictos, junto con otros de orden menor, como la intervención en Portugal, que proporcionó al monarca español la Corona de Portugal en 1580, o la rebelión de los moriscos en las Alpujarras (1568-1571), exigieron recursos financieros ingentes. Al oro y la plata procedentes de América hubo de sumarse un incremento de los impuestos, tanto ordinarios como extraordinarios, y, finalmente, el endeudamiento de la Hacienda. Aun así, Felipe II hubo de declararse tres veces en bancarrota.

La preocupación por los problemas de la Hacienda fue constante a lo largo del reinado. La agobiante carencia de recursos obligó al rey a presionar excesivamente sobre todo tipo de actividad económica, desde la agrícola hasta la industrial, lo que acabaría produciendo su decaimiento, ante el peso de los excesivos controles e impuestos.

La presión de los banqueros obligó al monarca a suspender la prohibición de exportar metales preciosos en 1556. Dicha prohibición obligaba a mercaderes y banqueros extranjeros a invertir sus beneficios en la compra de mercancías producidas en el reino, si querían sacarlos del país, lo cual ejercía un fuerte estímulo a la producción.
La evolución de la coyuntura respecto al comercio exterior puede dividirse en tres fases:

a) 1517-1566: fase expansiva en la que estuvo prohibida la saca de moneda. Aumentaron las exportaciones de materias primas, lanas, sedas, etc. Este periodo coincide con el esplendor de las grandes ferias de Medina, Rioseco, Villalón, etc.

b) 1566-1580: se abre un período de crisis. La Corona, para atender las presiones de los asentistas y prestamistas de la Hacienda, hubo de permitir la saca de moneda. La crisis financiera del Estado se transmitió a la economía real. La guerra contra los rebeldes de los Países Bajos acabó con el eje comercial Medina-Burgos-Bilbao-Amberes.

c) 1580-1680: declive continuo de nuestras exportaciones, debido a la pérdida de competitividad en el exterior.

Otros aspectos de la política comercial fueron igualmente negativos, como la protección de las exportaciones de lana de excelente calidad, que retornaba al país en forma de costosas importaciones de paños. También tuvo efectos muy negativos la política monetaria basada en la defensa de la moneda de buena calidad.

El peso de la Hacienda y una política económica condicionada por las necesidades del Estado colocaron a amplísimas capas de la población española en una condición de pobreza. El panorama que presentaba la economía española a fines del siglo XVI era desolador; en 1594 se decía que el reino “está consumido y acabado del todo, sin que haya hombre que tenga caudal, ni crédito o casi ninguno”.
Poco después comenzaría la gran epidemia de 1597-1601, que supuso una pérdida de 500.000 personas.
El exceso de impuestos, la carencia de planes concretos, la situación económica de desastre, propiciaban que surgieran los arbitristas para hallar prontas, eficaces y simples medidas de salvación en una situación compleja y difícil.
El Estado se había impuesto un esfuerzo demasiado extraordinario y quedó asfixiado por decenios. La política llevada a cabo acarreó la ruina económica y civil de España y la división de su Imperio.

 

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